lunes, 11 de octubre de 2010

El corazón como órgano vital

La Biblia enseña lo que podríamos llamar UNA CARDIOLOGÍA   ESPIRITUimageAL. Habla lo suficiente el tema como para que no haya ninguna duda con respecto a su importancia. Así como para el cuerpo existen los que llamamos ‘órganos vitales’, así es considerado el corazón desde el punto de vista espiritual. Podemos afirmar que el estado de nuestras vidas espirituales depende del estado de nuestros corazones.

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Prov. 4:23).

Del corazón brota lo que adoramos, confiamos, deseamos, seguimos, amamos y servimos.

“El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).

Según Heb.4:12, el corazón es el asiento de los pensamientos y de las intenciones. Interpretamos cosas con el corazón. Esa es la razón por la cual no siempre somos objetivos. Dos personas pueden hacer exactamente lo mismo, pero llevarlo a cabo con dos motivaciones completamente distintas. Cuidar el corazón es el corazón de la vida cristiana.

Como dice J. C. Ryle: “El corazón es el hombre. Es el asiento de toda la vida espiritual, salud, fortaleza y crecimiento” (Old Paths, p.341).

Hablar del corazón es hablar del interior del hombre. Tratar con el corazón es tratar con más que la mera apariencia. Si un médico nos dijera que tenemos un problema en nuestro corazón, no vamos a buscar el remedio simplemente cambiando de ropa o poniéndonos maquillaje. Esos toques externos no resuelven el problema. Del mismo modo, la vida cristiana no se trata esencialmente de lo que hacemos externamente, y mucho menos de las apariencias.

Si el corazón es tan vital, si lo externo no es lo más importante, ¿cómo estás cuidando tu salud espiritual?

miércoles, 29 de septiembre de 2010

¿Me es lícito sentir miedo…?

¿Es lícito sentir miedo estando en un ambiente de guerra, donde hay enemigos que lo único que intentan es destruir y matar? ¿Y qué si para colmo el otro ejército es más numeroso y tiene tecnología más avanzada y moderna?

¿Justificaría y defendería Dios el miedo de un marino que, teniendo gran experiencia en el mar, se encuentra un día con una tempestad tan grande que las olas cubren su frágil embarcación? Él ha visto tormentas, pero nunca nada como eso. El viento es más fuerte que nunca. Siente que hay más agua dentro que afuera. Para colmo, la nave no está hecha de fibra de vidrio ni de metal, sino de madera. Parece que está a punto de zozobrar. ¿Se justifica el miedo en esa condición?

¿Qué dirían ustedes del caso un padre con un hijo que se encuentra enfermo en estado agónico? ¿Puede un padre o una madre sentirse libre de sentir temor en una condición así?

Estos tres escenarios aparecen en las páginas de las Sagradas Escrituras, y en todos la respuesta de Dios es: ¡No temáis!

El primer caso aparece en el capítulo 20 del libro de Deuteronomio. “Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, si vieres caballos y carros, y un pueblo más grande que tú, no tengas temor de ellos, porque Jehová tu Dios está contigo, el cual te sacó de tierra de Egipto” (v.1). El Señor no quiere que sus soldados tengan temor. La realidad de su presencia debería ser suficiente para que, por la fe, esos combatientes del Altísimo avancen con valentía contra enemigos más poderosos. Sus hechos portentosos del pasado, como el éxodo de Egipto, deben enriquecer nuestra confianza ante los retos del presente.

El segundo caso trata con  la experiencia de los apóstoles en Mateo 8:23-27. En el Mar de Galilea se desató una tormenta tan impresionante que aun los experimentados discípulos vieron con estupor. Nos preguntamos una vez más: ¿Tenían ellos licencia para sentir miedo y temor? Las palabras de Cristo fueron las siguientes: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza” (v.26). Ese temor tenía su raíz en la incredulidad. La fe puede hacernos sentir confianza, no sólo de que Jesús puede calmar las tormentas de la vida. De haberlo querido, el Señor podía sacarlos con todo y barca del mar y llevarlos a tierra seca en un instante. La incredulidad es aquello de lo que se alimenta el temor.

Finalmente, el tercer caso fue lo que ocurrió con Jairo (Marcos 5:21-23, 35-43). Este hombre tenía a su hija tan enferma que estaba agonizando. Aquel que era un principal de la sinagoga se había llenado de ansiedad. Su hija estaba a punto de morir, y la medicina no podía hacer nada por ella. En un acto de desesperación acude a Jesús y le suplica su asistencia. Pero se encuentra con el terrible inconveniente de que muchos otros estaban tratando también de hallar socorro en el Maestro. La atención del Señor se desvía hacia el caso de un mujer enferma desde hacía doce años. Allí estaba Jairo esperando. El evento parecía durar una eternidad. Cuando ya estaba a punto de insistir con Jesús, llegaron las terribles noticias de que su hija había muerto. Las palabras del Señor a Jairo en ese momento son sencillamente increíbles: “No temas, cree solamente” (Mr. 5:36). En el momento en que el miedo nos parece más justificado, Jesús quiere que no tengamos temor. ¿Lo que necesitamos? Una vez más sale a relucir que es fe lo que necesitamos. Necesitamos creer en Dios y creer a Dios; necesitamos creer en su soberanía, en su poder, en su amor y en su bondad; necesitamos creer en sus promesas de que nunca nos dejará ni nos desamparará, y de que a los que aman a Dios todo ayuda para bien (Rom. 8:28).

Si creyéramos más en el Dios que confesamos, temiéramos menos ante las incertidumbres de la vida.

“Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar;  aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza… Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.  Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob” (Salmo 46:2-3, 10-11).

miércoles, 8 de septiembre de 2010

¿Estoicos, Emocionalistas o Emocionales?

Había una vez… Una época en que las cosas se hacían porque eran buenas y correctas. Las decisiones se tomaban en base a la rectitud, la honestidad y los principios de moral. A juzgar por cómo andan las cosas hoy día, parecería que estamos narrando un cuento, un drama proveniente de un libro de ficción. Eran días en que se esperaba que los padres ejercieran un liderazgo ejemplar en el hogar y fuera de éste, que los ciudadanos exhibieran civismo, que los políticos hablaran y vivieran según las normas. Esos días ya se han ido. Hoy reina la anarquía de los sentimientos. Las personas hacen las cosas porque quieren hacerlo. Así surgen multitud de relaciones, negocios y actividades ilícitas. ¿La justificación? “Me siento bien conmigo mismo”; “lo amo, y eso está por encima de todo”. Las emociones reinan supremas. “¡Abajo con las normas! ¡Abajo la razón y el buen juicio!” Así se justifican montones de divorcios. De esa forma se defiende el homosexualismo. Lo que Dios opine tiene a la sociedad sin cuidado. Los “mejores” sentimientos están detrás de actos de corrupción, uso y tráfico de estupefacientes, abandonos del hogar, embarazos en menores de edad, vidas desperdiciadas en el vicio y el juego. En fin, toda una gama de primores que tienen a la sociedad en la condición en que nos encontramos, puede ser rastreada a esto: somos emocionalistas y seguimos el dictado de nuestros sentimientos.

No me malinterpretes. Dios nos hizo criaturas emocionales. Es parte de la imagen divina en el hombre. La única emoción humana que no tiene un paralelo divino es el miedo, porque Dios no teme a nada ni a nadie. Pero habiendo aclarado esto, podemos afirmar con toda seguridad que el hombre es una criatura emocional porque Dios lo hizo así. El origen de la ternura de una madre está en el cielo. La compasión que sabe colocarse en la piel del que padece una condición miserable viene de Dios. Las emociones son buenas, siempre y cuando funcionen en el marco designado por el Creador. El problema surge cuando actuamos fuera de los parámetros dejados por el Señor en su Palabra. Cuando el hombre reacciona impávido ante las maravillas de la creación que podemos contemplar en un hermoso atardecer, en los impresionantes riscos del Gran Cañón del Río Colorado y en la majestad de la Ballena Azul, está manifestando un desajuste emocional. Estamos supuestos a reaccionar con admiración por el principio de estética que el mismo Creador implantó en nuestras almas. Dios no es estoico. La creación nos da testimonio de ello. De otra forma no habría la variedad ni los colores que vemos en el mundo. El estoicismo es una disfunción emocional. Pero el emocionalismo también lo es. Esto ocurre cuando las emociones actúan independientes del juicio y de la razón, cuando se van tras los objetos equivocados, cuando nos llevan a amar lo que Dios aborrece, y a menospreciar lo que Dios ama.

“He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones” (Ecl. 7:29). La caída del hombre en el pecado afectó todas sus facultades—emociones incluidas. El amor que antes amaba a Dios de manera suprema y a los demás de forma sacrificial, ahora es cruel e indiferente, actúa de manera egoísta y por interés personal. El gozo que antes se deleitaba en los atributos que adornan a la Deidad, ahora queda extasiado con las chucherías de este mundo; y cuando no las puede obtener, es presa del abatimiento y la depresión. La paz que antes evidenciaba una relación limpia y abierta con el Señor, ahora es sustituida por el miedo y el temor, de manera que el hombre huye de Dios y se espanta ante las inseguridades de la vida. Y así sucede con todas las emociones del alma humana. Cuando Dios denuncia el pecado de su pueblo al dejarle por otras cosas, lo expresó con las siguientes palabras: “Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos; desolaos en gran manera, dijo Jehová. Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:12-13). Fuimos creados con sentimientos diseñados para hallar nuestro deleite y satisfacción en el Creador. Sin embargo, el hombre se ha convertido en una máquina de fabricación de ídolos que prometen sosiego y paz, bienestar y plenitud, y lo único que consigue es agitación espiritual, sentimientos de culpa y profunda insatisfacción.

La solución para una vida emocional estable se encuentra en Jesucristo. Con Cristo en nuestras vidas por medio del nuevo nacimiento es que podemos dar muerte a los malos hábitos emocionales y cultivar nuevas actitudes. Por ejemplo, observa cómo el apóstol Pablo se dirigió a los efesios: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:31-32). Cuando el Espíritu Santo entra en el corazón, lo convierte en una morada adecuada para su presencia, y parte de la obra de santificación que lleva a cabo la realiza en nuestras facultades emocionales. Con Él podemos cambiar el enojo por benignidad y la gritería por misericordia. En otras palabras, nos transforma a imagen del modelo perfecto: nuestro Señor Jesucristo. No existe mejor ejemplo de lo que significa una vida emocional estable que Jesús. En los Evangelios le vemos experimentar profunda tristeza (Mt. 26:38) y llorar ante la tumba de Lázaro (Juan 11:35). Se enojó ante la dureza de los corazones de las personas (Mr. 3:5). Experimentó profundo gozo (Luc. 10:21), pero también dio expresión a la experiencia más grande de abandono que ser humano jamás haya vivido (Mt. 27:46). Su satisfacción estaba en Dios el Padre, por eso dijo que hacer su voluntad era su comida y su bebida. Nunca ha habido un hombre con mayor contentamiento que Jesús. Pero tampoco ha habido otro hombre con mayor dominio propio. Sus emociones siempre estuvieron bajo control, dentro de los límites que Dios ha trazado en su Palabra. Por eso es el modelo perfecto y la imagen a la cual estamos siendo transformados.

No debemos ser estoicos ni tenemos que ser emocionalistas. Sin embargo, Dios nos hizo criaturas emotivas. Nuestras almas deben reaccionar a su grandeza y majestad. Por eso el Salmo 100 nos invita a venir ante su presencia con regocijo. No debe ser de ninguna otra forma. Nuestras almas deben responder a la gran bendición del evangelio. Dios salva a pecadores. No podemos escuchar mejores noticias. Cuando la apatía a estas cosas se adueña del corazón, ahí habrá ineludiblemente un desbalance emocional. ¿Cómo imaginamos a Pablo bendecir a Dios en Efesios capítulo 1? ¿Cómo piensas que Dios espera oír nuestras aleluyas y hosannas ante su presencia? Él espera que le sirvamos y adoremos con todo el corazón. Emocionalistas, no. Estoicos, menos. Pero ciertamente emotivos.

© Salvador Gómez Dickson  2010

martes, 17 de agosto de 2010

¿Ausencia o presencia de Dios en el infierno?

Hablar del tema del infierno es algo que siempre debe ser hecho con gran sobriedad. El lenguaje bíblico tiene el propósito de reflexionar con seriedad las implicaciones del asunto. Una de las frases con que el apóstol Pablo describe la condición de los condenados en el infierno es la siguiente: “…Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:9). Llamo la atención a la frase “excluidos de la presencia del Señor”.

¿Quiénes se perderán eternamente en semejante lugar? Aquellos que menospreciaron a Dios y a su Hijo Jesucristo; los que no depositaron su fe en el único Salvador. No obstante, el infierno no es el cumplimiento del deseo de los incrédulos. No es el cumplimiento del anhelo de estar lejos de Dios. Por lo menos no en el sentido en que ellos quisieran.

Una cosa es la presencia de bendición, la presencia especial de Dios, la manifestación del favor y de la gracia de Dios. Otra muy diferente es su presencia de ira e indignación. Dios es omnipresente. Nunca habrá un lugar en todo el universo en el que la presencia de Dios no se encuentre. En ese mismo instancia tal lugar dejaría de ser.

En este sentido, las palabras de R. C. Sproul que fueron citadas en el blog de Justin Taylor, son iluminadoras:

“Es común decir que el infierno es la ausencia de Dios. Tales declaraciones están motivadas en gran medida por el terror de contemplar cómo es el infierno realmente. A menudo tratamos de suavizar el golpe y encontramos un eufemismo para bordear el asunto.

“Necesitamos darnos cuenta de que aquellos que están el infierno no desean nada más que la ausencia de Dios. No quisieron la presencia de Dios durante sus vidas terrenales, y ciertamente no lo quieren cerca cuando están en el infierno. Lo peor del infierno es la presencia de Dios allí.

“Cuando usamos las imágenes del Antiguo Testamento en un intento de entender el abandono de los perdidos, no estamos hablando de la idea de estar apartados de Dios o de la ausencia de Dios en el sentido de que cesa de ser omnipresente. Antes bien, es la manera de describir el retiro de Dios en términos de su bendición redentora. Es la ausencia de la luz de Su rostro. Es la presencia del ceño fruncido de Su rostro.

“Es la ausencia de la bendición de Su gloria revelada, la cual es el deleite de las almas de aquellos que le aman, pero es la presencia de las tinieblas del juicio.

“El infierno refleja la presencia de Dios en forma de juicio, en el ejercicio de Su ira, y de eso es que todos querrán escapar. Pienso que por esto es que nos confundimos. Hay un retiro de Dios en el sentido de las bendiciones de la cercanía radical de Dios. Sus beneficios pueden ser quitados de nosotros, y a eso es lo que este lenguaje llama nuestra atención.”

—R. C. Sproul, The Truth of the Cross (Orlando, FL: Reformation Trust, 2007), pp. 157-158.

lunes, 16 de agosto de 2010

Una bendición, no un derecho

La siguiente es una cita del libro LAS BUENAS NUEVAS QUE CASI OLVIDAMOS (The Good News We Almost Forgot) de Kevin DeYoung.

“La redención no es un derecho sino una bendición. No todos serán salvos. Aunque la caída de la humanidad fue universal, la salvación no lo es. Es únicamente por la fe que somos unidos a Cristo y participamos de todo lo que Su salvación logró” (Lord’s Day 7).

jueves, 5 de agosto de 2010

PUEDES TORCER LA RAMA PERO NO EL ÁRBOL

Por Charles Spurgeon

image Ni la escalera, ni el palo, ni la cuerda servirán para enderezar el árbol torcido. Ese trabajo debió haber sido iniciado mucho antes. Guía a los árboles mientras todavía son tiernos, y entrena a los jóvenes antes que la barba salga en sus barbillas. Si quieres que el ave trine, sílbale mientras todavía es joven; difícilmente aprenda la tonada después que ha aprendido las notas de las aves salvajes. Comienza a enseñar desde temprano, porque comienzan a pecar desde temprano. Atrápales mientras sean jóvenes y puedes esperar mantenerlos.

Lo que se aprende de joven se aprende de por vida. Lo que escuchamos de primero lo olvidamos de último. La ramita torcida crece hasta ser un árbol torcido. Cuando un mucho es rebelde, conquístalo, y hazlo bien la primera vez, para que no haya necesidad de hacerlo otra vez. La primera lección de un niño debe ser la obediencia. Después puedes enseñarle lo que quieras. Pero la mente joven no puede ser amarrarse demasiado apretada o puedes afectar su crecimiento e impedir su fortaleza.

Dicen que una niñera tonta puede levantar a un niño sabio, pero no lo creo así. Nadie necesita más sentido común que una madre. No funciona estar siempre impidiendo cosas; sin embargo, recuerda que dejas un niño a su voluntad y a un cachorro lo que se antoje, ambos sufrirán las consecuencias. Debemos hacer que la espalda del niño se doble, pero no debe ser quebrantada. Debe ser gobernado, pero no con vara de hierro. Su espíritu debe ser conquistado, pero no aplastado.

En ocasiones la naturaleza vence a la crianza, pero la mayoría de las veces el maestro tiene la victoria. Los niños son lo que son hechos. La pena es que muchos son arruinados en la crianza misma. Podemos mecer un niño demasiado duro. Podemos echarlos a perder por demasiados golpes o por demasiados besos. Conocí a dos niños que tuvieron una madre cristiana, pero ésta siempre les dejaba salirse con las suyas. El resultado fue que al crecer se dedicaron a la bebida y a las malas compañías, y pronto derrocharon la fortuna que su padre les había dejado. Nadie los controlaba ni ellos tenían control de sí mismos, de manera que tamborilearon por el camino ancho como hijos de carnicero con caballos desbocados, y no había forma de detenerles. El haber utilizado una vara o dos cuando todavía eran pequeños habría sido un uso provechoso de la madera.

Cierto es que un niño puede ser tratado con demasiada severidad; pueden ser encerrados por muchas horas en la escuela, cuando una buena corrida o juego le habría hecho mucho bien. Las vacas no dan más leche por ser ordeñadas más a menudo, ni los niños aprenden más por pasar largas horas en una habitación calurosa.

Se puede forzar a un muchacho a aprender hasta perder la mitad de su cabeza. Los frutos forzados tienen muy poco sabor. El que es un hombre a los 5 es un necio a los 15. Si preparas carne de ternera no tendrás carne de res. El aprendizaje puede ser tan largo que el pequeño zopenco siempre está atrasado.

Tiene que haber un balance en todo. Es un buen padre aquel que entiende esto, de tal modo que gobierna su familia con amor, y su familia ama ser gobernado por él. Algunos son como Elí, que dejó a sus hijos pecar y sólo les reprendió un poco. A la larga éstos vienen a ser padres crueles. Otros son demasiado estrictos, y convierten del hogar un lugar miserable, impulsando así a los jóvenes al camino incorrecto en el otro extremo. Las ropas demasiado apretadas son muy fáciles de romper, y las leyes rígidas son frecuentemente quebrantadas. Pero la ropa demasiado holgada también se rompe; donde no hay leyes las cosas salen mal. Es muy fácil errar en los extremos y muy difícil bailar con la cuerda corta de la sabiduría. Anótalo: aquel que tiene esposa y niños nunca estará libre de cargas que sobrellevar. Observa lo que obtenemos cuando nos casamos, no obstante muchos hay que no se detendrán.

En estos días los niños se salen mucho con las suyas y a menudo hacen de sus madres y padres sus esclavos. ¡A qué punto hemos llegado cuando los polluelos ansarinos enseñan a los gansos, y cuando los gatitos enseñan a los gatos. Es el trastorno de todo; ningún padre debe tolerar semejante cosa. Es tan malo para los muchachos como lo es para los adultos. Saca lo peor de cada quien. Preferiría antes ser un gato sobre ladrillos ardientes o una rana en tormentos, que dejar a mis hijos ser mis amos. No, la cabeza debe ser la cabeza o herirá a todo el cuerpo.

Traducción: Salvador Gómez Dickson © 2010

martes, 29 de junio de 2010

¿Más sabios que Dios?

Charles Simeon expresó que es una “infatuación sustituir con cualquier otro plan de salvación aquel que Dios nos ha ofrecido. Supón por un momento (aunque es una suposición horrorosa y blasfema) que nosotros fuéramos más sabios que Dios, y que supiéramos mejor que Él lo que realmente tenía que hacer. Todavía tenemos que preguntarnos: ¿somos más Fuertes que Él? ¿Podemos obligarle a alterar sus decretos? ¡Es una vana esperanza! Podemos albergar prejuicios tan fuertes como queramos y llenar el Evangelio de nombres oprobiosos. De todas maneras será verdad e irreversible que “el que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.” Dejémonos de tejer telas de araña y aceptemos con gratitud “la salvación que está en Cristo Jesús”.” [1]


[1] Simeon, C. (1832-63). Horae Homileticae Vol. 20: James to Jude (543). London.