miércoles, 3 de julio de 2019

Pablo y Pedro: el peligro de la transigencia

por Roger Ellsworth*

Gálatas 2:11-16

Aquí tenemos uno de los pasajes más fascinantes de todas las Escrituras y también uno de los peligros más mortales.

Es un pasaje fascinante porque coloca ante nosotros una colisión entre los dos apóstoles protagónicos de la iglesia, Pablo y Pedro. Es fascinante porque fue Pablo quien confrontó a Pedro.

Pedro fue uno de los discípulos originales de Jesús. Había acompañado a Jesús a lo largo de todo su ministerio público. Estuvo allí cuando Jesús realizó sus milagros. Estuvo allí en el monte cuando Jesús asumió una apariencia celestial en la que su rostro brilló como el sol y sus vestiduras se tornaron blancas y resplandecientes (Mt. 17:1-2; Mr. 9:2-3; Luc. 9:28-29). Estuvo allí cuando Jesús mostró el poder que tenía sobre la muerte llamando a Lázaro de la tumba (Juan 11:43-44). Fue uno de los primeros en llegar a la tumba vacía donde había estado el cuerpo del Señor Jesús y en ver al Señor resucitado (Juan 20:1-10; Luc. 24:34; 1 Cor. 15:5). No sólo estuvo presente cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés, sino que también predicó el evangelio de forma poderosa en aquel mismo día (Hch. 2:14-39).

Pablo, por su parte, era un recién llegado al cristianismo. Se convirtió de una forma espectacular cuando el Señor resucitado le interceptó camino a Damasco (Hch. 9:1-9). Previo a esto había sido el perseguidor líder contra los cristianos.

Dadas sus respectivas circunstancias, Pedro gozaba de una preeminencia y dignidad que Pablo no tenía, pero eso no disuadió a Pablo de confrontarlo y reprenderlo públicamente en Antioquía.

¿Y qué si el grupo actual de cristianos hubiera sido el público testigo de esa confrontación? ¿Cuál hubiera sido el sentir prevaleciente? Algunos dirían que Pablo se equivocó, que no tenía ningún derecho para hacer eso, que estaba colocando la doctrina por encima de la unidad de la iglesia. Quizás alguno ofreciera la evaluación siguiente: ‘Lo mejor es que Pablo ocupe su lugar. No tiene ningún derecho para reprender a alguien de la estatura de Pedro’. Y posiblemente alguno añadiría: ‘Y Pedro es tan buena persona’.

La unidad, la dignidad, el ser una ‘buena’ persona —estas consideraciones y otras similares se han introducido dentro de la iglesia de hoy y se han sentado en la cabecera de la mesa mientras la doctrina es dejada fuera mendigando en las calles.

¿Por qué es éste el caso? La iglesia ha llegado a la melancólica conclusión de que la doctrina no es tan importante, que una persona puede creer lo que considere y que en última instancia no importa. Y además de eso, la doctrina es vista como divisiva, y los que la enfatizan son considerados como personas difíciles, estrechas de mente y contenciosas, que disfrutan de un buen pleito teológico.

Semejante miedo a la doctrina habría asombrado a Pablo, especialmente con respecto al punto doctrinal que estaba en juego en Antioquía. Lo que le puso en guardia y que le llevó a este conflicto con su apóstol amigo no se trataba de un punto insignificante y oscuro. Se trataba de la esencia misma del evangelio. ¿Cuán importante es la doctrina? Puede ser tan importante como lo siguiente: el destino eterno depende de un entendimiento correcto de la doctrina cristiana central de la salvación por medio de Cristo y únicamente por medio de Cristo.

La transigencia de Pedro
La situación en Antioquía fue la siguiente. Cuando Pedro llegó por primera vez allí, no tuvo ningún escrúpulo para sentarse a comer con cristianos gentiles y judíos. Los trató de la misma manera; lo cual no nos debe sorprender. El Señor le había enseñado a Pedro por medio de una visión que en el reino de Dios no hay ciudadanos de segunda categoría (Hch. 10:9-16).

Pero un día esa hermosa armonía de Antioquía fue quebrantada. Llegó un grupo de cristianos de Jerusalén. Aparentemente decían representar a Jacobo, el medio hermano de Jesús y el líder de la iglesia en Jerusalén (Gál. 2:12). Pablo afirma que ellos eran “de la circuncisión” (v. 12). En otras palabras, ese grupo estaba compuesto de judíos de Jerusalén que creían que la sola fe en Cristo no era base suficiente para la comunión entre judíos y gentiles.

Cuando este grupo llegó, Pedro cambió. Había estado comiendo con los cristianos gentiles, pero una vez más el antiguo némesis que le había llevado a negar a su Señor, el temor a los hombres, había sacado su fea cabeza.

Glyn Owen nos guía al corazón mismo de la acción de Pedro cuando dice: “Por supuesto, el cambio de postura en Pedro no significaba que había dejado de creer que un pecador arrepentido es salvo solamente por la fe que está depositada únicamente en Cristo. Pero sí significaba que ahora estaba actuando como siya no lo creyera. La idea central del pasaje es que había pasado a actuar de manera hipócrita: se comportó como sicreyera que un hombre circuncidado tenía algo en sí mismo que le daba ventaja; algo que un hombre incircunciso no tenía; actuó como sicreyera que los circuncidados formaban un grupo élite en la iglesia, mientras que los incircuncisos eran creyentes de segunda categoría con los cuales uno no podía tener comunión. Y al actuar como si creyera esas falsas ideas, las cuales empañaban tanto la gloria como la suficiencia del Señor Jesucristo, el gran apóstol Pedro, a pesar de la avanzada etapa de su vida y carrera, se comportó de tal manera que nublaba el evangelio” (las cursivas son suyas).

La corrección de Pablo
Esto era demasiado para Pablo. Vio el peligro inherente que había en la acción de Pedro. Tan pronto como Pedro se retiró de los cristianos gentiles, Bernabé, que había estado del lado de Pablo en cuanto a esto en el pasado (vv. 1, 9), siguió el ejemplo de Pedro y se apartó de los gentiles. Pablo podía ver la amenaza de una iglesia dividida que se avecinaba, una sección judía y otra gentil.

Pero fue su celo por el evangelio mismo lo que impulsó a Pablo a hacer algo. Pablo dice que Pedro y Bernabé no estaban ‘andando con rectitud en cuanto a la verdad del evangelio’ (v. 14). No estaban andando por el camino recto del evangelio, sino desviándose y apartándose de éste.

Algunos quisieran hacernos creer que el evangelio es algo ambiguo y nebuloso que no se puede definir con precisión, que para una persona puede significar una cosa y algo completamente diferente para otra. Pero Pablo jamás aceptaría tal cosa. El evangelio es un camino claramente definido, y es la responsabilidad de todo cristiano andar con rectitud por ese camino.

¿Qué es el evangelio? Pablo mismo nos ofrece una declaración maravillosamente concisa de éste con las palabras siguientes: ‘… el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús… para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley; puesto que por las obras de la ley nadie será justificado’ (Gál. 2:16).

John R. W. Stott afirma que el evangelio ‘son las buenas nuevas de que nosotros los pecadores, culpables y bajo el juicio de Dios, podemos ser perdonados y aceptados por su pura gracia, por su favor libre e inmerecido, sobre la base de la muerte de su Hijo, y no por ninguna obra o mérito nuestro’ (Only One Way: The Message of Galatians, p. 54).

Al apartarse de los cristianos gentiles, Pedro estaba básicamente negando la verdad del evangelio. Estaba imponiendo una condición sobre los cristianos gentiles para poder tener comunión con ellos; algo que Dios no había impuesto sobre ellos cuando los justificó.

La reacción de Pedro
A favor de Pedro tenemos el hecho de que aceptó la reprensión de Pablo y empezó a reflejar nuevamente la verdad del evangelio en su conducta. ¿Cómo sabemos que esto fue así? Poco después de haber sido reprendido por Pablo, Pedro se levantó ante el concilio de Jerusalén y habló las siguientes palabras: ‘Hermanos, vosotros sabéis que en los primeros días Dios escogió de entre vosotros que por mi boca los gentiles oyeran la palabra del evangelio y creyeran. Y Dios, que conoce el corazón, les dio testimonio dándoles el Espíritu Santo, así como también nos lo dio a nosotros; y ninguna distinción hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios poniendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Creemos más bien que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, de la misma manera que ellos también lo son’ (Hechos 15:7-11).

Pedro, que había sido confrontado públicamente por Pablo por comprometer la verdad del evangelio, se identificó públicamente a favor de esa verdad en el concilio. Más adelante el mismo Pablo habló de Pedro como ‘nuestro amado hermano’ (2 Pedro 3:15). Es obvio que Pedro aceptó la reprensión sin menospreciar a aquel que la administró.

Una pregunta
Me parece prácticamente imposible leer el relato de la confrontación que Pablo tuvo con Pedro sin hacer la pregunta: ‘¿Y qué si Pablo estuviera vivo hoy?’ Es una pregunta penetrante. ¿Qué diría Pablo si se pudiera sentar en nuestras iglesias? ¿Qué diría si se codeara con nosotros durante un tiempo? ¿Se sentiría complacido por encontrarnos apegados a la pureza del evangelio? ¿O vería necesario confrontarnos abiertamente como lo hizo con Pedro en Antioquía?

A muchos de nosotros esas preguntas pueden parecer ridículas. La mayoría de los evangélicos sienten que sus casas evangélicas están en orden. Si hay un área en la que creemos estar en terreno sólido, es en cuanto al asunto de la fidelidad al evangelio. ¿Es posible que no estemos tan sólidos como pensamos?

Las tentaciones a comprometer el evangelio son numerosas y sutiles. Transigimos con el evangelio cuando sucumbimos al espíritu pluralista de nuestro mundo y hacemos que el evangelio deje de ser el único camino y pase a ser uno entre muchos.

La salvación por ser personas ‘buenas’ es un punto de vista aceptado ampliamente en nuestro mundo. En otras palabras, las personas buenas van automáticamente al cielo. La salvación por medio de la muerte también es otro punto de vista aceptado ampliamente; significa que todo lo que uno tiene que hacer para ir al cielo es morir. Cuando en alguna medida los evangélicos han sido influenciados por estos puntos de vista, o han sido adormecidos hasta el punto de consentir a ellos, han puesto en riesgo el evangelio.

Algunas veces la transigencia viene, no por abrazar estos puntos de vista erróneos, sino por permitirnos ser tan intimidados por ellos que callamos algunas de las doctrinas esenciales del evangelio. Si le restamos importancia a la pecaminosidad radical del hombre, a la santidad inquebrantable de Dios y a la certeza del juicio venidero, entonces estamos comprometiendo el evangelio.

Si debilitamos o suavizamos las demandas del evangelio, también somos culpables de transigencia. Cuán fácil nos es convertir la demanda que hace el evangelio por un arrepentimiento sincero y profundo del pecado y una sumisión consciente a la autoridad de Cristo en un simple ‘aceptar’ a Cristo o ’invitarle’ a nuestras vidas pasando al frente rápida y sonrientemente en una iglesia y diciendo una oración. No debería sorprendernos el que muchos de nuestros ‘convertidos’ no tengan ningún interés en vivir según los mandamientos de uno ante quien ellos nunca se han sometido de corazón como su Señor soberano. No deberíamos esperar que estén dispuestos a hacer en su andar ‘cristiano’ lo que no estuvieron dispuestos a hacer cuando hicieron profesión de fe.

Vivimos en días de charlatanería evangélica en los que los pastores y las iglesias ven el evangelio como su ‘producto’, el cual se sienten libres de ajustar y masajear para satisfacer los antojos cambiantes y la percepción de necesidad de los oyentes. Pero el evangelio no es, ni nunca ha sido, el producto del hombre. Es una revelación de Dios. Su llamado a la iglesia hoy es a que se refrene de manipularlo y alterarlo, y a que lo proclame y lo viva con fidelidad. Sólo haciendo así evitaremos el peligro de la transigencia.

* Traducido al español por Salvador Gómez Dickson y publicado en EL SONIDO DE LA VERDAD con el permiso del autor. El contenido es un capítulo de su libro “How to Live in a Dangerous World.”

miércoles, 22 de mayo de 2019

Una escena grandemente consoladora

En el libro EL PROGRESO DEL PEREGRINO de Juan Bunyan, hay una escena verdaderamente consoladora que quisiera compartir con ustedes. Se trata del momento cuando Cristiano se encuentra en la casa de Intérprete, y allí observa una imagen que le explica la obra sustentadora de la gracia de Cristo en el corazón de los suyos; obra que garantiza nuestra perseverancia.

Después de esto, tomando Intérprete de la mano a Cristiano, lo introdujo en un lugar donde había fuego encendido junto a la pared y uno que echaba agua sin cesar con intención de apagarlo; sin embargo, el fuego ardía cada vez más vivo y con mayor intensidad. Nuestro hombre, sorprendido de esto, preguntó qué significaba, y entonces Intérprete le respondió:—Ese fuego representa la obra de la gracia en el corazón, y ese a quien ves echando agua es Satanás; pero su intento es vano. Ven conmigo y comprenderás por qué el fuego, en lugar de extinguirse, se hace cada vez más vivo. ¿Ves a esa otra persona? Está echando de continuo aceite en el fuego —aunque secretamente—, y de esa manera le da cada vez más cuerpo. Esa persona es Cristo: que con el óleo de su gracia sostiene la obra comenzada en el corazón a pesar de los esfuerzos del diablo. Y el estar detrás de la pared te enseña que es difícil para los que son tentados ver cómo esta obra de la gracia se sostiene en el alma.


 Bunyan, J. (2012). El progreso del peregrino: De este mundo al venidero. (C. A. García, Trad.) (Segunda edición, pp. 53–54). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

lunes, 18 de marzo de 2019

Una buena oportunidad de adquirir estos libros a $3.99

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martes, 5 de marzo de 2019

Simón Pedro: la tentación a negar a Cristo

por Roger Ellsworth

Juan 18:15-18, 25-27

En este capítulo llegamos a lo que se considera uno de los episodios más tristes de la Biblia. Ante la oportunidad de identificarse y hablar por Cristo, Simón Pedro falló. Y no sólo falló una vez, ni dos, sino tres veces.

Había tantas cosas que Simón puso haber dicho acerca del Señor Jesucristo. Estuvo ahí cuando Jesús convirtió el agua en vino (Juan 2:1-11). Estuvo ahí cuando Jesús sanó a su suegra de una fiebre alta (Lucas 4:38-39). Simón Pedro vio la alimentación de los cinco mil con cinco panes de cebada y dos pescados pequeños (Juan 6:1-13). Estuvo allí cuando Jesús caminó sobre el mar en tempestad (Juan 6:15-21). Estuvo allí en el monte de la transfiguración cuando Jesús resplandeció con gloria celestial (Lucas 9:27-36). Pedro vio a Jesús sanar al paralítico (Juan 5:1-9) y al ciego (Juan 9:1-7). Llegó incluso a ver a Jesús levantar a tres personas de los muertos (Marcos 5:37-42; Lucas 7:11-15; Juan 11:43-44), uno de los cuales llego a estar cuatro días muerto (Juan 11:39).

Además de estas cosas, Simón Pedro admitió haber escuchado en las palabras de Jesús el sonido auténtico del mensaje de la vida eterna (Juan 6:68).

Simón Pedro pudo haber hablado de todas estas cosas y muchas muchas más. Pudo haber respondido la pregunta de la joven sierva y de los que estaban con ella afirmando que era un discípulo de Jesucristo y de que estaba contento de pertenecer a ese grupo. Pudo haber dicho que conocer a Jesús había sido el tesoro supremo de su vida, y que no importaba cuántos días le quedaran, sabía con certeza que ninguna otra cosa podía siquiera acercarse al inestimable privilegio que había tenido en los días en que pudo andar con el Señor Jesús.

Las negaciones vergonzosas

Sí, él pudo haber dicho esas cosas, pero no lo hizo. Tuvo la oportunidad de identificarse con Cristo y de dar testimonio, pero flaqueó y falló. Tuvo la oportundiad de ser una roca sólida pero, en palabras de Kent Hughes, demostró ser “una roca agrietada”.
¡Qué vergonzosas fueron las tres negaciones de Pedro! Ni siquiera intentó suavizarlas. Pudo haber dicho: ‘Me confundieron con otra persona’, o ‘no sé de qué están hablando’. Pero lo que hizo fue escupir sus negaciones de la manera menos ambigua y más enfática imaginable: ‘¡No lo soy!’ (Juan 18:17, 25). Mateo nos dice que Pedro llegó tan lejos que añadió maldiciones a sus negaciones (Mateo 26:74).

La razón para las negaciones

¿Por qué lo hizo Simón Pedro? ¿Por qué negó al mismo al que le debía tanto? ¿Por qué se rehusó a confesar su identificación con aquel que le había rescatado del pecado y que le había llenado de gozo inefable y lleno de gloria? Los comentaristas bíblicos han recorrido un terreno bien amplio tratando de explicar la razón para las negaciones de Pedro. Algunos señalan que él había sido muy orgulloso y había mostrado mucha confianza en sí mismo un rato atrás esa misma noche (Mr. 14:29-31), y ese orgullo siempre precede a la caída. Algunos sugieren que todo se debió al hecho de que había estado durmiendo cuando debió estar orando (Mr. 14:37-38). Algunos observan que él se colocó a sí mismo en una posición de fracaso al calentarse junto al fuego de aquellos que obviamente no eran amigos de Jesús (Mr. 14:67; Lucas 22:55). Algunos afirman que todas estas consideraciones deben ser tomadas en cuenta para poder explicar las negaciones de Pedro.

El miedo de Pedro

Aunque podemos ciertamente encontrar validez en todas estas razones, parecen sin embargo perder lo más obvio —esto es, el miedo de Pedro. Tenía temor de lo que podía sucederle si se identificaba con Jesús. Para ese entonces las predicciones que Jesús había hecho acerca de su muerte (Mateo 16:21; 17:22-23; 20:17-19) debían de haber comenzado a calar. Por fin Pedro se da cuenta de que Jesús ciertamente va a morir, y tenía el temor de que si admitía ser su discípulo, él también moriría junto con su Maestro. La amenaza inminente de morir junto a Jesús desalentó a Pedro de confesarle.

Nuestros miedos y negaciones

Todo esto nos golpea de manera dolorosa y directa. Todo cristiano sabe lo que es tener temor de lo que sucederá si damos a conocer nuestra relación con Cristo —temor de lo que otros pensarán o dirán de nosotros, temor a que piensen que somos sencillos, cerrados de mente, prejuiciados e ignorantes, temor a perder nuestros trabajos o el ascenso que esperamos, temor a que consideren que no encajamos. De modo que es muy fácil pretender que no tenemos ninguna relación con Cristo, o que no hemos permitido que esa relación nos haya llevado a extremos.

Existen muchas maneras de ocultar o desvirtuar esa relación. Puede ser algo tan simple como no querer que alguien vea que tenemos una Biblia. Puede tratarse de usar lenguaje vulgar, y al hacerlo decir en básicamente: ‘No quiero que nadie sepa que pertenezco a Cristo, de manera que hablaré como si no le perteneciera’. Puede tratarse de guardar silencio mientras nuestro Señor es atacado y denigrado —en otras palabras, comportándonos como si aprobáramos lo que se está diciendo.

Cada día del Señor los hijos de Dios se enfrentan a esta pregunta directa: ‘¿Daré hoy a conocer mi relación con Cristo por medio de mi asistencia a la adoración pública?’ O para decirlo de otro modo: cada día del Señor somos confrontados con la pregunta: ‘¿Permitiré que otros intereses y relaciones (tales como eventos atléticos y actividades familiares) tengan prioridad sobre mi relación con Cristo y con su iglesia?’

Algunas veces la tentación a negar a Cristo llega a través de la negación de sus enseñanzas. Por ejemplo, se nos manda a perdonar a aquellos que pecan en contra nuestra (Mateo 6:12; 18:21-22). Si nos rehusamos a hacerlo, estamos negando al Señor.

En este aspecto de las enseñanzas del Señor, también debemos notar que le negamos cuando nos sentimos compelidos a quitar o a minimizar aquellas verdades que consideramos ofenden a los que están a nuestro alrededor. Por ejemplo, algunos pueden hallar atractivo decir a los que le rodean: ‘Sí, soy cristiano, pero no creo en todo eso sobre el juicio y el infierno’.

Situaciones como ésas y otras similares no nos son fáciles, pero debemos permanecer firmes para Cristo en ellas. No tenemos que fallar como lo hizo Pedro. La reina Ester en el Antiguo Testamento enfrentó una situación muy parecida a aquella en la Pedro se encontró, pero no falló.

Un ejemplo de valentía

Debido a la amargura que sentía contra un judío, Mardoqueo, el primer ministro de Persia, Amán embaucó al rey para que promulgara el decreto de que todos los judíos fuesen ejecutados (Ester 3:1-15). Lo que él no sabía era que la misma Ester era judía (Ester 2:20).

Este situación hizo que Ester compareciera ante el rey e intercediera por su gente. Pero había un problema serio. Todo el que viniera a la presencia del rey sin ser convocado por él sería ejecutado, a menos que el rey extendiera su cetro (Ester 4:11), y Ester no había sido llamada por un período de hacía ya treinta días. Pero Ester, convencida de que había llegado al reino precisamente para una ocasión así (Ester 4:14), se armó de valentía y fue al rey en representación de su pueblo. Cuando fue confrontada con la oportunidad de negar su conexión con su gente, valientemente la confesó. ¡Cuán estimulantemente diferente a Simón Pedro!

Las amargas consecuencias

Todos nosotros los que conocemos al Señor le hemos negado de una manera u otra, pero ningún verdadero cristiano jamás se sentirá cómo y tranquilo al negar a Cristo. Los relatos de los evangelios nos dicen que las negaciones de Pedro le hicieron llogar amargamente (Marcos 14:72; Lucas 22:62). Ningún cristiano considerará sus negaciones de Cristo como algo ligero y trivial. Le pesarán grandemente y le producirán dolor en su corazón hasta encontrar un lugar de arrepentimiento. Y aun después del arrepentimiento, la memoria de esas negaciones le traerían un sentido de vergüenza. Por el otro lado, si no hay dolor ante la negación de Cristo, ni arrepentimiento, eso puede estar indicando que no tenemos un Cristo que negar, sino que nos hemos engañado a nosotros mismos con respecto a pertenecer a Él.

La gracia incomparable de Cristo

No podemos considerar las negaciones que Pedro hizo de Cristo sin tornar nuestros pensamientos al capítulo final del Evangelio de Juan. Simón Pedro y algunos de los otros discípulos de Jesús se habían ido a pescar a Galilea. Probablemente estos hombres se encontraban desorientados y sin saber qué hacer. Jesús había resucitado de los muertos y había aparecido ante ellos, pero no estaban seguros con respecto a lo que el futuro les deparaba. Quizás Simón Pedro estaba convencido de que lo que fuera que Jesús tenía en mente para los demás discípulos, eso ciertamente no le incluía a él. Si estaba pensando así, iba a recibir una gran sorpresa.

Cuando llegó el amanecer tras una larga e infructífera noche de pesca, tanto él como los que estaban con él vieron una figura entre la neblina de la mañana, pero no sabían que era Jesús. Tanto la orden a arrojar la red por el otro lado de la barca como la pesca subsecuente tenían el propósito de recordarles el llamado que les hizo al principio (Lucas 5:1-7) y asegurarles que su llamamiento no había sido revocado.

Al ver la pesca, los hombres se dieron cuenta que la figura que estaba en la orilla no era otro que Jesús, y el impulsivo Pedro bajó de la barca y se dirigió hacia Él. Al llegar a la orilla encontró que Jesús había encendido una hoguera (Juan 21:9), y el Señor Jesús le preguntó allí tres veces si él, Simón, le amaba. Fue estando al fuego que Pedro había negado a Cristo tres veces, y ahora una vez más al fuego se le dio tres veces la oportunidad de confesar su amor por Cristo (Juan 21:15-17).

De esta forma el Señor Jesús le mostró a Simón Pedro algo de la grandeza de su gracia. Verdaderamente es una gracia que es más grande que todos nuestros pecados, y nunca, nunca, nos dejará. Esta gracia no sólo fue tras Simón, sino que lo restauró para que fuera útil y fructífero en la obra del reino de Cristo.

No me puedo alegrar en el hecho de que Pedro negara a Cristo, pero dado que es una realidad que lo hizo, me alegra que los escritores de los Evangelios lo relataran. Me alegra porque puedo leer sus relatos y ser recordado del terrible poder del pecado en la vida de un hijo de Dios, y de la realidad gloriosa de la gracia de Dios que perdona, limpia y restaura para que seamos útiles. Aun cuando somos infieles, Él permanece fiel (2 Tim. 2:13).

* Traducido al español por Salvador Gómez Dickson y publicado en EL SONIDO DE LA VERDAD con el permiso del autor. El contenido es un capítulo de su libro “How to Live in a Dangerous World.”