miércoles, 3 de agosto de 2016

Algunos pensamientos sobre el discipulado cristiano

El discipulado cristiano y la vida cristiana son la misma cosa. Todo verdadero cristiano es un discípulo de Jesús. Así como la vida cristiana no se reduce a un programa o a un conjunto de actividades, el discipulado cristiano tampoco. El discipulado puede hacer uso de programas y actividades, pero no se define por ellos. Muchos de sus aspectos no son programados ni calculados.

En otras palabras, no tiene que haber programas para que haya discipulado. Las conversaciones casuales pueden hacer discípulos y ayudar a los que ya lo son a crecer y a madurar. Los mentores sirven de ejemplo cuando menos están conscientes del impacto de lo que son y de lo que dicen. Es por esto que creo que el verdadero discipulado puede ser tanto formal como informal.

El discipulado cristiano no es un departamento o ministerio en una iglesia local; es un estilo de vida. Si eres discípulo, eres “discipulador”. Fomentar una cultura de discipulado en una iglesia no se logra con calendarios ni fechas límites.

El aliento de vida del Espíritu es imprescindible, y éste sopla cuando quiere y como quiere. Esta misteriosa interacción del aspecto humano y divino en el discipulado debe conducirnos a realizar la labor en dependencia de Dios, en oración, y hacer uso de los instrumentos y medios sin apoyarnos desmedidamente en ellos.

martes, 19 de julio de 2016

El arrepentimiento no es opcional

¿Cómo podemos llegar al día del juicio y ser librados de la condenación eterna? Ese día se acerca para todos. La pregunta es: ¿Estamos preparados para enfrentarlo? El propósito de esta reflexión es mostrar que experimentar el arrepentimiento es crucial para la salvación. ¿Salvación de qué? ¿Del pecado? Sí. ¿Del infierno? También. Pero sobre todo y más importante aún, somos salvos de Dios mismo. Fue precisamente Jesús quien dijo:
Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28).
Pero de manera paradójica, es ese mismo Dios el único que nos puede salvar. El único lugar seguro para refugiarte de Dios es refugiarte precisamente en Dios. La única manera de asegurar esa salvación es ponerte de acuerdo con Dios con respecto a tu culpabilidad y a los pecados que has cometido. Si realmente quieres que te vaya bien en el día del juicio, no digas al Señor que el pecado no es nada... cuando Él dice que por eso envió a Su Hijo a morir en una cruz, y cuando afirma que lo abomina tanto.
“Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan, porque El ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de un Hombre a quien ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarle de entre los muertos” (Hechos 17:30-31).
El verbo que LBLA traduce “declara” es traducido por la RV60 y otras como “manda”. La palabra parangello tiene el sentido de dar órdenes, dar instrucciones o dirigir con autoridad a alguien a hacer algo. Aparece otras veces en el libro de Hechos; como en 1:4 cuando Jesús les ordenó a sus discípulos a quedarse en Jerusalén; en 10:42 cuando les ordenó predicar el evangelio; en 4:18 cuando las autoridades prohibieron a Pedro y a Juan predicar el evangelio. También aparece en 16:18 cuando en Filipos, Pablo ordenó al demonio salir de una joven:
“Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando esto a Pablo, se volvió y dijo al espíritu: ¡Te ordeno, en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella! Y salió en aquel mismo momento” (Hechos 16:18).
De manera que podemos ver claramente que el texto habla de algo que no es opcional sino obligatorio y necesario para la salvación. Como veremos, este es un elemento común en la predicación de Juan el Bautista, de Jesús y de los apóstoles.

Juan el Bautista comenzó su ministerio y lo primero que hizo fue predicar el arrepentimiento.
“En aquellos días llegó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:1-2).
El Señor Jesús comenzó su ministerio y lo primero que hizo fue predicar el arrepentimiento.
“Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17).
Luego el Señor comisionó a los doce apóstoles para que salieran a predicar. En Mr. 6:12 se nos dice que al salir “predicaban que todos se arrepintieran”. Antes de su ascensión el Señor dejó instrucciones claras sobre cuál debía ser el mensaje a proclamar entre las naciones.
“Y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:47).
Luego de la ascensión del Señor y de la venida del Espíritu en Pentecostés, el apóstol Pedro dio inicio a su ministerio predicando igualmente el arrepentimiento.
“Y Pedro les dijo: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
“Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor” (Hechos 3:19).
El ver lo que todos ellos hicieron al iniciar sus ministerios es lo que ha llevado a ver el arrepentimiento como “la primera palabra del mensaje del evangelio”. Lamentablemente, lo que para todos ellos eran prioritario proclamar, hoy en día se toma como opcional.

Y observen cómo vez tras vez el arrepentimiento no es meramente sugerido… es ordenado y mandado.
¡Arrepentíos!

Otra cosa que el texto de Hechos 17 que leímos contiene es que ese mandato es para todos.
“Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan, porque El ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de un Hombre a quien ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarle de entre los muertos” (Hechos 17:30-31).
No era un asunto meramente para los judíos. De hecho cuando Pablo se despide de los pastores de Efeso en Hechos 20, cuando va de regreso a Palestina sabiendo que lo iban a encarcelar, resumió su ministerio con estas palabras:
“Cómo no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:20-21).
El mensaje del evangelio que contiene esta nota acerca del arrepentimiento no está limitado a un grupo étnico en particular. Es para todos los grupos en todas las naciones (“en todas partes” (17:30); “tanto a judíos como a griegos” (20:21). No es para una época en particular. Fue el mensaje que Dios asignó a la iglesia en la gran comisión, según el pasaje de Lucas 24.

El mandato divino al arrepentimiento es una clara evidencia de que no es la cultura ni la sociedad la que decide lo que está bien y lo que está mal. Dios lo decidió. Y no es sólo un asunto de que dio sus leyes a los hombres, es un asunto de su carácter mismo. Él es un Dios santo. La gente quiere vivir con un relativismo cultural selectivo. Lo que ellos quieren está bien; y lo que no les gusta está mal. Es por eso que algo que era aceptado ayer en los Estados Unidos (la libertad religiosa), está siendo pisoteado en el día de hoy. Es por eso que lo que ayer eran perversidades, hoy son normas aceptadas. No sólo hay series de TV que ya presentan las relaciones entre personas del mismo sexo como normales; hay quienes ya están pidiendo que sean incluidas en las películas para niños.

jueves, 9 de junio de 2016

Los Diez Placeres

por David Murray*
Los Diez Mandamientos están elaborados principalmente de manera negativa: “No...”. Pero cada negativo también implica algo positivo, y cada prohibición de un vicio exige el placer en una virtud. Por tanto, he aquí mi intento de re-elaborar los 10 mandamientos como 10 placeres a perseguir.

1. Disfruta el placer de conocer, adorar y servir al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerzas.

2. Disfruta el placer de adorar a Dios en las formas que Él aprueba, ama, recompensa y responde.

3. Disfruta el placer de hablar y cantar acerca de las personas, nombres, atributos y hechos hermosos de Dios.

4. Disfruta el placer de trabajar seis días en la vocación que Dios te ha llamado a cumplir y luego disfruta la libertad de un día completo libre de trabajo para adorar a Dios y descansar.

5. Disfruta el placer de amar y seguir a los líderes que Dios ha colocado en tu vida para tu bien temporal y eterno.

6. Disfruta el placer de las actitudes y actividades sanas que mejorarán la calidad y longitud de tu vida.

7. Disfruta cada placer físico, emocional, intelectual y espiritual con la esposa/esposo que Dios te ha dado.

8. Disfruta el placer de producir riquezas con el fin de proveer para tu familia y bendecir a otros con una generosidad amorosa.

9. Disfruta el placer de alabar a otros y de promover todo lo que es verdadero, hermoso y bueno.

10. Disfruta el placer de ser agradecido y estar contento con todo lo que Dios te ha dado.

Cuando los entendemos de esta manera, el Salmo 1 y otros similares comienzan a hacer sentido.

“¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Sal. 119:97).

*Este artículo fue tomado del blog del Pastor David Murray y traducido al español por Salvador Gómez Dickson. http://headhearthand.org/blog/2016/06/08/the-ten-pleasures-2/

martes, 10 de mayo de 2016

Naamán: venciendo la tentación de apoyarnos en nuestra dignidad

por Roger Ellsworth*

2 Reyes 5:8-15

Naamán era un gran hombre. Fue capitán del ejército de Siria y un hombre admirado y respetado por todos. Dondequiera que iba llamaba mucho la atención y se jactaba de sus grandes hazañas militares. Si Naamán estuviera vivo en la actualidad, habría sido una celebridad. Se le haría difícil salir en público sin que las personas le soliciten su autógrafo, y, sin duda, nos toparíamos con su foto en la portada de las revistas People o Time. Le encontraríamos haciendo apariciones en los diferentes programas de entrevistas y no nos sorprendería escuchar que ha sido seleccionado como invitado de honor en alguna función pública.
El estatus de celebridad no nos aísla de los problemas y pruebas de la vida, y Naamán tenía un problema, un problema muy serio. Era un leproso. En aquellos días la lepra era el equivalente médico de lo que es el SIDA en la actualidad. Era lo mismo que escuchar una sentencia de muerte.
Todo el mundo de Naamán se había desmoronado a su alrededor. Sus hazañas militares, fama y fortuna no significaban nada ahora. Tenía lepra, y eso significaba que iba a padecer una muerte lenta y agonizante.
Pero de repente Naamán vino a ser el foco de una notable cadena de acontecimientos. Una muchacha que había traído de Israel como esclava para su esposa tenía una historia interesante que contar. Ella expresó que había un profeta en Israel que podía curar a Naamán de su lepra. Parecía demasiado bueno para ser verdad, pero Naamán decidió mencionar el caso al rey de Siria. De inmediato el rey envió a Naamán junto con una carta al rey de Israel. Cuando leyó la carta, el rey de Israel quedó atónito, porque esto parecía indicar que el rey de Siria esperaba que él sanara a Naamán. El profeta Eliseo lo sacó del apuro diciendo al rey de Israel que enviara a Naamán hacia él.

Una cura ofrecida y rechazada

Esta cadena de eventos por fin llevó a Naamán a la casa de Eliseo, el lugar en el que le hallamos en los versos citados al principio de este capítulo. Naamán no tuvo que esperar mucho tiempo. Rápidamente el profeta envió a su criado con este mensaje: ‘Ve y lávate en el Jordán siete veces, y tu carne se te restaurará, y serás limpio’ (v. 10).
Basta con pensar por un momento acerca de lo que está pasando en esta escena. Por un lado tenemos a un Naamán aquejado con la enfermedad más temida de sus días, una enfermedad para la que no había absolutamente ninguna cura aparte de la intervención divina. Y por el otro lado tenemos al profeta diciéndole que Dios intervendría a su favor con tan solo ir hasta el río Jordán y lavarse siete veces. ¿Qué hubieras hecho tú de haber estado en los zapatos de Naamán? ¿No habrías dado las gracias al criado de Eliseo por el mensaje, no le habrías pedido que dé las gracias a Eliseo y a su Dios por la cura y te hubieras dirigido hacia el Jordán? Pero esa no fue la reacción de Naamán. En vez de agradecer amablemente a Eliseo y de salir prontamente hacia el Jordán, ¡su respuesta fue hacer una rabieta! ¡Se encolerizó! ¿Puedes imaginar la escena? Se le dice a hombre con una enfermedad terminal que hay una cura disponible para su enfermedad, y lo que hace es encolerizarse e irse. ¡Qué acción tan tonta e infantil!

La razón para el rechazo

¿Qué llevó a Naamán a hacer tal cosa? No tenemos necesidad de ir muy lejos para encontrar la respuesta a esa pregunta. Naamán nos da la respuesta. En la versión de las Américas todo está resumido en estas dos pequeñas palabras: ‘Yo pensé…’ (2 Reyes 5:11). La Reina-Valera 60 utiliza seis palabras para traducirlo: ‘He aquí yo decía para mí…’.
En otras palabras, Naamán llegó a la casa de Eliseo con ciertas ideas preconcebidas en su mente. Lo tenía todo resuelto de antemano. Había determinado con exactitud en su propia mente y con su propia sabiduría cómo Eliseo debía de efectuar la cura. Para él no era suficiente el ser curado de la lepra; quería ser curado de una manera que se acomodara a sus ideas preconcebidas y a su sabiduría. Cuando el criado de Eliseo salió y anunció lo que él debía de hacer, la sabiduría de Naamán no fue satisfecha y sus ideas preconcebidas quedaron hechas añicos.
¿Qué le habrá susurrado al oído su sabiduría mientras se dirigía a la casa de Eliseo? ¿En qué estaba pensando Naamán cuando llegó a la puerta de Eliseo? En que sea cual sea la cura propuesta por Eliseo, debía tener en cuenta la dignidad y posición de este capitán. En otras palabras, como señala Alexander Maclaren, Naamán quería ser tratado como un gran hombre que de paso era leproso, pero la cura de Eliseo lo trató como a un leproso que de paso era un gran hombre.
La cura que Eliseo propuso no sólo ignoró la grandeza de Naamán; también se apartó del esquema que él tenía con el fin de humillarlo. En primer lugar, Eliseo ni siquiera le extiendió la cortesía de ir a su encuentro (v. 11). Eliseo no estaba interesado en su grandeza ni quería su autógrafo.
En segundo lugar, la cura de Eliseo ignoró por completo el hecho de que Naamán había traído una fortuna enorme consigo para pagar la sanación (v. 5). Pero la curación fue el resultado de la gracia de Dios y, por ende, no había lugar para el oro, la plata o la ropa de Naamán.
En tercer lugar, la cura le requería hacer algo que él encontraba personalmente indeseable y repugnante: el tener que bañarse en las aguas del Jordán (v. 12). Esto ofendió a Naamán por dos motivos. Primero, porque el Jordán era un río sucio y fangoso, y pensaba que no era apropiado que alguien de su clase cayera tan bajo como para bañarse en esas aguas. Además de eso, segundo, hacía violencia contra el orgullo nacional de Naamán. A su modo de ver, si la cura era sólo una cuestión de bañarse en un río, los ríos de su propio país, Siria, eran mucho mejores que cualquier río de Israel.
Además, este baño era algo que cualquier niño podía hacer. Naamán había llegado preparado para hacer una ‘gran cosa’ (v. 13), y el profeta le pidió que hiciera algo sencillo.

El error de Naamán se repite

¿Qué tiene todo esto que ver con nosotros? La sobria verdad es que hay multitudes que están haciendo exactamente lo mismo que Naamán. Como puedes ver, la Biblia nos dice que todos estamos afectados por la enfermedad terrible y mortal del pecado —una enfermedad aun más letal que la lepra de Naamán, ya que a final de cuentas desemboca en la destrucción eterna. La Biblia también nos dice que aparte de la intervención divina, no existe absolutamente ninguna cura para el pecado. Pero, ¡milagro!, la Biblia también dice que Dios ha intervenido y ha puesto a nuestra disposición una cura en y a través de la persona de su Hijo, Jesucristo. Este Cristo, por su vida perfecta y su muerte expiatoria, ha hecho todo lo que se necesita para que nuestros pecados sean perdonados y para que tengamos vida eterna en el cielo.
¿No son noticias increíblemente gloriosas? ¡Hay una cura disponible para nuestros pecados! Uno pensaría que la inmensa mayoría correrían a abrazar la cura del Evangelio y asegurar así la eternidad en el cielo, pero, sorprendentemente, hay multitudes que hacen lo mismo que hizo Naamán. Después de escuchar la buena nueva de una cura, se apartan. No es que no necesitan una cura para el pecado. ¡La necesitan! No es que la cura no está disponible. ¡Lo está!
¿Por qué, entonces, hay tantos que dan la espalda a la cura? La respuesta es que el evangelio les ofende. Va en contra de su sabiduría y de su sentido de dignidad. No toma en cuenta sus riquezas, la posición social o nivel de educación. El evangelio dice que todos sin excepción están en pecado, y también afirma que no hay absolutamente nada que podamos hacer para ganar o merecer la salvación, sino que somos totalmente dependientes de la gracia de Dios. Queremos llegar delante de Dios con los siclos y las mudas de ropa de Naamán, y hacer que nos acepte sobre la base de lo que somos y de lo que hemos hecho. Sin embargo, tal como Eliseo ignoró la riqueza y dignidad de Naamán, así rechaza Dios todos nuestros intentos de comparecer delante de Él sobre la base de nuestros propios méritos o logros.
Más aún, el Evangelio requiere que hagamos algo que parece ridículo y hasta repugnante. Se nos dice que debemos humillarnos en arrepentimiento y fe ante la muerte expiatoria de Jesús en la cruz. Esto ofende a muchos. Miran esa cruz sangrienta y piensan que debe haber otra manera, una manera más sofisticada y atractiva. Al igual que Naamán, no tienen problemas para pensar en otras cosas que tienen más sentido, pero el dedo de Dios señala inexorablemente hacia esa cruz como el único camino de salvación.
Ninguna generación ha quedado más impresionada con la sabiduría y dignidad humanas que la nuestra. Nuestra época está ensimismada con los derechos humanos, la igualdad y la equidad. Esto no quiere decir que no haya un lugar legítimo para estas preocupaciones. Todos estamos hechos a imagen de Dios, y ciertamente esto da a cada ser humano una dignidad básica y proporciona la base para los derechos humanos.
Pero el lugar adecuado para enfatizar la dignidad humana se encuentra en nuestra relación con los demás, no en nuestra relación con Dios. La dignidad humana es correcta entre los seres humanos, pero insuficiente cuando se trata de nuestro estatus delante del Señor. Nuestra dignidad viene de Dios, pero nunca se debe utilizar como excusa para no postrarnos ante Él. A muchos se les dificulta hacer esta distinción, y cuando son confrontados con el evangelio y con su demanda de sumisión, el espíritu de Naamán puede fácilmente cobrar vida en ellos.

El consentimiento de Naamán

Pero volvamos a Naamán. Por fortuna sus servidores se dieron cuenta de que él estaba alejándose neciamente de la única esperanza que tenía para una cura, y comenzaron a razonar con él. Su razonamiento era sencillo. Si Eliseo le hubiera pedido que realizara alguna proeza extraordinaria, no habría dudado en intentarlo. ¿Por qué entonces se resiste a hacer algo tan simple?
Por fin vio Naamán su locura y aceptó ir al Jordán. Una vez allí obedeció por completo la palabra del Señor que tuvo a través de Eliseo, e inmediatamente después de su séptima sumergida su carne se ‘volvió como la carne de un niño’ (v. 14).
¿Qué hizo Naamán cuando vio su carne? ¿Saltó de alegría? ¿Abrazó a todos sus sirvientes? ¿Besó los caballos que tiraban de su carro? La Biblia no nos dice. Una cosa que sí nos dice es que regresó a la casa de Eliseo. ¡Cuán distintas fueron las cosas en esta segunda visita! Esta vez el profeta sí lo vio. Y esta vez Naamán tuvo palabras distintas en sus labios. En lugar de decir: ‘Yo pensaba…’ es capaz de decir: ‘Yo sé …’ Expresó lo siguiente: ‘He aquí, ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel…’ (v. 15).

¡Qué gran lección hay aquí! Si alguna vez queremos ser capaces de decir ‘Yo sé ... ’ debemos dejar de decir: ‘Yo pienso…’ En otras palabras, si alguna vez queremos tener el gozo, la paz y la confianza que brinda el evangelio, debemos dejar de discutir con Dios y aceptar el evangelio como la única cura para el pecado. Debemos dejar de apoyarnos en nuestra dignidad y sabiduría y postrarnos ante la sabiduría de Dios en Cristo Jesús.

* Traducido al español por Salvador Gómez Dickson y publicado en EL SONIDO DE LA VERDAD con el permiso del autor. El contenido es un capítulo de su libro “How to Live in a Dangerous World.”

jueves, 21 de abril de 2016

Un día como hoy hace 35 años

Como decía aquella vieja canción: “Fue un día martes que me entregué... cuando el Señor me salvó”. Hoy celebro la bendita, sublime y maravillosa gracia de nuestro Dios que hace 35 años me rescató. Varios pensamientos han venido poderosamente a mi mente:

(1) Cuán impresionante es el amor de Dios que a este pecador salvó. Cuando veo la terquedad de millones contra el único evangelio que puede salvar, y la ignorancia en que están sumidos otros tantos, no puedo más que dar muchas gracias y gloria a nuestro amado Salvador Jesús. Me sorprende la gracia de Dios que entonces me salvó; y me sorprende la manera en que esa misma gracia me ha sostenido durante estos 35 años. Es más que evidente que su gracia es mayor que el peor de nuestros pecados.

(2) También lamento que con el paso de 35 años en su gracia yo no haya progresado ni crecido como debí haberlo hecho. Debiendo conocer y amar mucho más a Cristo, me he conformado con tan poco y he encontrado satisfacción en otros asuntos tan pero tan secundarios. Más cerca de la eternidad y a la vez tan lejos en el corazón.

(3) Solicito al cielo asistencia vial para que me ayude a seguir adelante, corriendo la carrera con gozo, sirviendo al Señor más digno, hasta la meta, el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús... y que me conceda que al toparme con otros en el camino, me ayude a ayudarles a correr junto conmigo.

Gracias, Jesús. Ven, Señor Jesús.

martes, 5 de abril de 2016

Un estudio de la Parábola del Hijo Pródigo

El libro AMIGO DE PECADORES, subtitulado “El abrazo perdonador de Dios para viles pecadores” es un estudio de la Parábola del Hijo Pródigo de Lucas 15. Una buena herramienta para evangelismo y nuevos creyentes.
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