viernes, 2 de enero de 2026
martes, 23 de diciembre de 2025
lunes, 22 de diciembre de 2025
jueves, 27 de marzo de 2025
No todos los que tocan el cuerno son cazadores
Por Charles Spurgeon
[Tomado de «Las ilustraciones de Juan Arador» y traducido por Salvador Gómez Dickson]
¡No se parece mucho a un cazador! Nimrod nunca lo aceptaría. ¡Pero cómo sopla! ¡Dios mío, qué alboroto!, como dijo el jilguero cuando oyó a un burro cantar su himno vespertino. Para arar se necesita algo más que saber silbar, y la caza no es únicamente tocar el corno y hacer sonar el cuerno. Las apariencias engañan. El cómo lucen las cosas externamente no lo es todo. No todos los que usan cuchillos son carniceros, ni todos los que llevan mandiles son obispos. No debemos comprar productos por su etiqueta, pues he oído decir que cuanto más fina es la marca, peor es el artículo. Nunca hemos visto más corno ni menos cazador que en nuestra ilustración. ¡Sopla, corpulento, hasta que los dedos de los pies se te salgan de las botas, porque no hay temor de que mates ni zorros ni ciervos!
Ahora, cuanto más toque la gente, más pudiera ser que cacen, pero es un tonto el que se cree todo lo que le dicen. Por regla general, el niño más pequeño lleva el violín más grande, y el que más alardea es el que menos se asa. El que tiene menos sabiduría es el que más vanidad tiene. A John Lackland le encanta que lo llamen señor don, y nadie está tan contento de que lo llamen doctor como el hombre que menos lo merece. Muchos doctores en filosofía son muy tontos. He oído decir: “Siempre habla alto y alguien te considerará genial”, pero mi viejo amigo Will Shepherd dice: “Guarda tu aliento para cuando subas corriendo una colina, y no nos des grandes palabras con un estómago débil. Mira”, me dijo una vez, “ahí está Solomon Braggs levantando la cabeza como una gallina que bebe agua, pero no hay nada en esa cabeza. Con él lo que hay es mucho ruido y poco trabajo”.
Antes del honor está la humildad, pero el necio parlanchín caerá, y cuando caiga, muy pocos se apresurarán a levantarlo.
Una lengua larga suele ir acompañada de una mano corta. La mayoría somos mejores hablando que haciendo. Todos podemos evadir una batalla, pero muchos huyen cuando la lucha ya está cerca. Algunos son puro ruido y furia, y cuando han alardeado de su alarde, todo se acaba, y amén. El holandés regordete fue el capitán más sabio de Flushing, solo que nunca se hizo a la mar; y el irlandés fue el mejor jinete de Connaught, solo que nunca se aventuró a subir a un caballo, porque, como él mismo decía, «generalmente se caía antes de subirse». La esposa de un soltero siempre se comporta bien, y las solteronas siempre crían a sus hijos de la mejor manera. Creemos que podemos hacer lo que no estamos llamados a hacer, y si por casualidad nos toca, hacemos peores cosas que aquellos a quienes culpamos. Por lo tanto, es prudente ser lentos para predecir lo que haremos, porque, como dice el proverbio del sabio, «el que menos alardea es el que menos mentiras dice».
Claro que cada alfarero alaba su propia vasija, y todos podemos alardear un poco con nuestra propia trompeta, pero algunos soplan como si nadie más tuviera un cuerno aparte de ellos mismos. «Después de mí, el diluvio», dice el hombre corpulento, y sea así o no, tendremos suficientes diluvios mientras viva. Me refiero a diluvios de palabras, palabras, palabras, suficientes para ahogar todos tus sentidos. ¡Ojalá el hombre tuviera una boca lo suficientemente grande como para decir todo lo que tiene que decir de una vez, y acabar con ello! Pero entonces uno tendría que ir hasta el otro extremo del mundo para que se agote su parloteo. ¡Oh, por un pajar tranquilo, o un aserradero, o una mazmorra, donde ya no se oiga el sonido de la quijada! Dicen que el cerebro vale poco si no tienes lengua; pero ¿de qué vale una lengua sin cerebro? Bramar está muy bien, pero para mí la vaca es lo que llena la cubeta. Un asno que rebuzna come poco heno, y eso es un ahorro en forraje; pero un perro que ladra no caza, y eso es una pérdida para su dueño. El ruido no genera ganancias, y el hablar entorpece el trabajo.
Cuando el canto de un hombre está en su alabanza, que el himno sea de métrica corta y la melodía en tono menor. Quien habla sin parar de sí mismo tiene un tema insensato y es probable que preocupe y canse a todos a su alrededor. El buen vino no necesita promoción, y quien hace las cosas bien rara vez se jacta de ello. La cubeta vacía es la que más ruido hace. Quienes se hacen pasar por buenos tiradores matan muy pocos pájaros, y muchos labradores de primera tienen una jornada laboral más corta que la del simple John, aunque no sea nada del otro mundo; así que, en general, está bastante claro que los mejores cazadores no son los que tocan sus cuernos sin parar.
miércoles, 6 de noviembre de 2024
El que quiera complacer a todos perderá su burro y será objeto de burlas por sus esfuerzos
Por Charles Spurgeon
[Tomado de «Las ilustraciones de Juan Arador» y traducido por Salvador Gómez Dickson]
He aquí una imagen extraña, y esta es la historia que la acompaña; la conoceréis tal como la encontré en un viejo libro. «Un anciano y su joven hijo llevaban delante de ellos a un asno al mercado más próximo para venderlo. «Sean más inteligentes», le dice uno al hombre que iba por el camino, «¿por qué van tú y tu hijo a pie y dejan que el asno vaya tan ligero?» Así que el anciano montó a su hijo sobre el asno y él siguió a pie. «Muchacho holgazán y granuja», le dice otro al hijo, «¿por qué vas montado y dejas que tu anciano padre vaya a pie?». El anciano, al oír esto, bajó a su hijo y subió él. «¿Ves», dice un tercero, «cómo el viejo bribón holgazán cabalga solo y el pobre muchacho va esforzadamente tras él?». El padre, al oír esto, tomó a su hijo y lo colocó detrás de él. La siguiente persona con que se encontraron preguntó al anciano si el asno era suyo o no. Él dijo: “Sí”. A lo que el otro expresó: “Por la manera en que lo llevan cargado no parece”. “Bueno”, se dijo el anciano a sí mismo, “¿y qué hago ahora? Porque se ríen de mí si el asno está sin carga, o si uno de nosotros cabalga, o si ambos lo hacemos”; y entonces llegó a la conclusión de que debía atar las patas del asno con una cuerda. Y trataron de llevarlo así al mercado con un palo sobre sus hombros, entre ellos. Todos los que los veían se divertían mucho con la escena, y el anciano entonces, muy enojado, arrojó el asno a un río y así regresó a casa. El buen hombre, en definitiva, intentó complacer a todos, pero tuvo la mala suerte de no complacer a nadie, y perdió su asno en el proceso”.
Aquel que no se va a la cama hasta complacer a todo el mundo tendrá que pasar muchas noches en vela. Donde hay muchos hombres, hay muchas mentes; y donde hay muchas mujeres, hay muchos caprichos; y si complacemos a uno, seguro que haremos que otro se queje. Lo mejor es esperar a que todos se pongan de acuerdo antes de hacerles caso, o seremos como el hombre que trató de cazar muchas liebres al mismo tiempo y no atrapó ninguna. Además, las fantasías de los hombres cambian, y la necedad nunca se complace mucho con lo mismo, sino que cambia de gusto y se cansa de aquello que antes adoraba. Guillermo dice que una vez trató de servir a dos amos, pero, afirmó, “pronto me harté y declaré que, si me perdonaban esta vez, la próxima vez que me pillaran haciéndolo podrían encurtirme en sal y mojarme en vinagre hirviendo”.
«Quien a todos busca agradar
Sin a nadie agraviar,
Hoy la tarea puede comenzar,
Pero nunca la podrá terminar».
Si bailamos la música de todos los violines, pronto nos quedaremos cojos de ambas piernas. La bondad puede ser una gran desgracia si no la mezclamos con prudencia.
«Quien a todos busca agradar
Nunca podrá sentarse a descansar».
Está bien ser servicial, pero no estamos obligados a ser los lacayos de todos. Ponte la mano en el sombrero, porque eso es cortesía; pero no inclines la cabeza ante las órdenes de todos, porque eso es esclavitud. Quien quiera agradar a todos, que vista primero a la luna con un traje o llene un barril sin fondo ni aros con cubos. Vivir de las alabanzas de los demás es alimentarse del aire; ¿qué es la alabanza sino el aliento de las narices de los hombres? Es un alimento pobre para hacer una cena con eso. Poner trampas para lograr palmadas y desmayarte si no las consigues es algo infantil; y cambiar de chaqueta para agradar a una persona es tan menudo como el sucio. Tomás de Bedlam nunca hizo nada más loco que intentar agradar a mil amos a la vez: uno es suficiente. Si un hombre agrada a Dios, puede dejar que el mundo siga su propio camino. Después de todo, ¿qué hay para asustar a un hombre en la sonrisa de un tonto o en el ceño fruncido de un pobre mortal como tú? Si importara lo que el mundo diga de nosotros, sería de consuelo que cuando un buen hombre sea enterrado la gente diga: “No era un mal tipo después de todo”. Cuando la vaca muere, escuchamos cuánta leche dio. Cuando el hombre se va al cielo, la gente reconoce su pérdida y se pregunta cómo fue que no lo trataron mejor.
El camino para agradar a los hombres es duro, pero benditos son los que agradan a Dios. No es un hombre libre el que tiene miedo de pensar por sí mismo, porque si sus pensamientos están atados, el hombre no es libre. Un hombre de Dios es un hombre varonil. Un hombre verdadero hace lo que cree correcto, ya sea que los cerdos gruñan o los perros aúllen. ¿Tienes miedo de seguir tu conciencia porque Tomás, Carlos y Javier, o María y Elisabet, se reirían de ti? Entonces no eres el primo septuagésimo quinto de Juan Arador, que sigue su camino silbando alegremente aunque muchos critiquen su arado, sus caballos, sus arneses, sus botas, su abrigo, su chaleco, su sombrero, su cabeza y cada pelo que tiene. Juan dice que lo divierte y que no le hace daño; pero ten la seguridad de que nunca atraparás a Juan ni a sus muchachos cargando el burro.
sábado, 7 de septiembre de 2024
Es muy difícil que un saco vacío se pueda mantener en pie
Por Charles Spurgeon
[Tomado de «Las ilustraciones de Juan Arador» y traducido por Salvador Gómez Dickson]
Samuel puede intentarlo durante un buen rato antes de conseguir que uno de sus sacos vacíos se mantenga en pie. Si no fuera medio tarado, habría dejado ese trabajo antes de empezarlo y habría dejado de ser irlandés. Llegará al borde de la desesperación antes de poner el saco de pie. El viejo proverbio, impreso en la parte superior, fue creado por un hombre que se había quemado los dedos con los deudores, y simplemente significa que cuando la gente no tiene dinero y está hasta las cejas de deudas, la mayoría de las veces deja de estar en pie y se cae de una manera u otra. El que tiene sólo cuatro y gasta cinco, pronto no necesitará bolsa, y lo más probable es que empiece a usar todo su ingenio para tratar de mantenerse a flote y recurra a todo tipo de artimañas para lograrlo.
Nueve de cada diez veces empiezan prometiendo pagar en un día determinado, cuando se sabe que no tienen con qué pagar. Son tan audaces a la hora de fijar el día como si tuvieran los ingresos de mi superior. El día llega tan seguro como la Navidad, y entonces no tienen ni un céntimo en el mundo, así que dan toda clase de excusas y empiezan a prometer de nuevo. Los que son rápidos para prometer son generalmente lentos para cumplir. Prometen montañas y cumplen montoncitos de tierra. El que te da buenas palabras y nada más, te alimenta con una cuchara vacía, y los acreedores hambrientos pronto se cansan de ese juego. Las promesas no llenan el estómago. Los hombres que prometen no son grandes favoritos si no son hombres que cumplen. Cuando a un tipo así se le llama mentiroso, sólo piensa que no está en condiciones de pagar; y sin embargo es mentiroso, tan cierto como que los huevos son huevos, y no hay forma de negarlo, como dijo el muchacho cuando el jardinero lo atrapó en lo alto del cerezo. La gente no tiene en gran estima la piedad de un hombre cuando sus promesas son como el revestimiento de un pastel, que está hecho para romperse. Por lo general, ellos mismos son quebradizos.
Los acreedores tienen mejor memoria que los deudores, y cuando han sido engañados más de una vez, creen que ya es hora de que el zorro vaya al peletero y obtengan su parte de la piel. Esperar por el dinero no endulza el temperamento de un hombre, y unas cuantas mentiras sobre el asunto hacen que la leche de la bondad humana se agrie. He aquí un dicho anticuado que un mal pagador puede poner en su pipa, ya sea que fume o no, como quiera:
“Aquel que promete hasta que nadie confía en él,
aquel que miente hasta que nadie le cree,
aquel que pide prestado hasta que nadie le presta,
mejor que se vaya a donde nadie lo conozca”.
Los perros hambrientos comen pudines sucios, y la gente que está en apuros comete con mucha frecuencia actos sucios. Bendito sea Dios, todavía se fabrican telas que no se encogen al mojarse, y hay honestidad que no se abandona en los momentos de desgracia; pero con demasiada frecuencia la deuda es la peor clase de pobreza, porque genera engaño. A los hombres no les gusta enfrentarse a sus circunstancias, y por eso dan la espalda a la verdad. Intentan todo tipo de planes para salir de sus dificultades, y como el calderero de Banbury, hacen tres agujeros en la cacerola para reparar uno. Son como Pedley, que quemó una vela que valía un penique para buscar un cuarto de penique. Le piden prestado a Pedro para pagarle a Pablo, y luego Pedro queda atrapado. Para evitar un arroyo se lanzan a un río, porque piden prestado a un interés ruinoso para pagar a quienes los aprietan. Al pedir bienes que no pueden pagar y venderlos por lo que puedan conseguir, pueden posponer un día malo, pero lo único que hacen es traer otro. Un truco necesita otro truco que lo respalde, y así pasan de zapatos a botas. Con la esperanza de que aparezca algo, siguen rastrillando en busca de la luna en una zanja, y toda la suerte que les llega es como la de Juancito, que perdió un chelín (12 peniques) y encontró un pan de dos peniques. Cualquier atajo los tienta a salir del camino de la honestidad, y al cabo de un tiempo descubren que se han desviado muchísimo de su camino. Al final, la gente les tiene miedo y dice que son tan honestos como un gato cuando la carne está fuera de su alcance, y murmuran que el trato honesto ha muerto, y ha muerto sin descendencia. ¿Quién se sorprende? Las personas a las que una vez les muerden no tienen prisa por volver a meter los dedos en la misma boca. No confías en el talón de un caballo después de que te ha pateado, ni te apoyas de un bastón que una vez se rompió. La astucia exagerada harta, y a la larga no hay astucia que sea más sabia que la simple honestidad.
No sería insensible con un hombre pobre, ni derramaría agua sobre un ratón ahogado; si por desgracia el hombre no puede pagar, pues no puede pagar, y que lo diga, y que haga lo que es justo con lo poco que tiene, y los corazones bondadosos tendrá compasión. Un hombre sabio hace al principio lo que un tonto hace al final. Lo peor de todo es que los deudores esperan más de lo que debieran, y tratan de convencerse de que su barco volverá a casa, o de que sus gatos se convertirán en vacas. Es duro navegar por el mar en una cáscara de huevo, y no es mucho más fácil pagar lo que se debe cuando se ha gastado todo el capital. De la nada, nada sale. Uno puede facturar su nada durante mucho tiempo y tratar de que se convierta en un billete de diez libras. El camino a Babilonia nunca lo llevará a Jerusalén, y pedir prestado y endeudarse cada vez más nunca sacará a un hombre de las dificultades.
El mundo es una escalera por la que algunos suben y otros bajan, pero no hay necesidad de perder la reputación por perder el dinero. Algunas personas saltan de la sartén al fuego; por miedo a convertirse en pobres se convierten en granujas. Son clientes escurridizos; no puedes obligarlos a nada. Crees que los tienes, pero no puedes retenerlos más tiempo que un gato en una carretilla. Pueden saltar nueve vallas, y luego nueve más. Siempre te engañan y después se escudan en que los tiempos son malos o en la enfermedad de su familia. No puedes ayudarlos, porque no hay forma de saber dónde están. Siempre es mejor dejar que lleguen al límite de sus fuerzas, porque una vez queden limpios de su vieja basura, tal vez puedan reiniciar de una mejor manera. No se puede sacar de un saco lo que no está dentro, y cuando la bolsa de un hombre está tan vacía como la palma de tu mano, cuanto más tiempo le remiendes más vacía estará, como Guillermo, que cortó su abrigo para remendar su chaleco, y luego usó sus pantalones para remendar su abrigo, y al final tuvo que quedarse en cama por falta de un trapo con el cual cubrirse.
Que el pobre y desafortunado comerciante se aferre a su honestidad como lo haría con su vida. El camino recto es el más corto. Es mejor romper piedras en el camino que quebrantar la ley de Dios. La fe en Dios debería salvar al cristiano de cualquier acción sucia; que ni siquiera piense en hacer una broma, porque no se puede tocar la brea sin contaminarse con ella. Cristo y un pedazo de pan duro son riquezas, pero un carácter quebrantado es la peor de las bancarrotas. No todo está perdido mientras se mantenga la rectitud; pero aun así es difícil hacer que un saco vacío se mantenga en pie.
Hay otras maneras de utilizar el viejo dicho. Es difícil para un hipócrita mantener su profesión. Los sacos vacíos no pueden mantenerse en pie en una iglesia mejor que en un granero. El parloteo no hace santos, de lo contrario habría muchos de ellos. Algunos parlanchines no tienen suficiente religión para dar sabor a la sopa de un enfermo, y tienen que ser muy astutos para mantener el juego en marcha. Las largas oraciones y las profesiones de fe bullosas sólo engañan a los simples, y aquellos que ven más allá de la superficie pronto descubren al lobo debajo de la piel de oveja.
Toda esperanza de salvación por nuestras buenas obras es un intento necio de hacer que un saco vacío se mantenga en pie. Somos pecadores indignos, merecedores del infierno, en el mejor de los casos. La ley de Dios debe cumplirse sin una sola falta, si esperamos ser aceptados por ella; pero no hay uno entre nosotros que haya vivido un día sin pecado. No, somos un montón de sacos vacíos, y a menos que los méritos de Cristo sean puestos en nosotros para llenarnos, no podemos estar en pie en la presencia de Dios. La ley nos condena, y esperar la salvación a través de ella es correr a la horca para prolongar nuestras vidas. Hay un Cristo lleno para pecadores vacíos, pero aquellos que esperan llenarse a sí mismos encontrarán que sus esperanzas los defraudarán.





