miércoles, 3 de julio de 2019

Pablo y Pedro: el peligro de la transigencia

por Roger Ellsworth*

Gálatas 2:11-16

Aquí tenemos uno de los pasajes más fascinantes de todas las Escrituras y también uno de los peligros más mortales.

Es un pasaje fascinante porque coloca ante nosotros una colisión entre los dos apóstoles protagónicos de la iglesia, Pablo y Pedro. Es fascinante porque fue Pablo quien confrontó a Pedro.

Pedro fue uno de los discípulos originales de Jesús. Había acompañado a Jesús a lo largo de todo su ministerio público. Estuvo allí cuando Jesús realizó sus milagros. Estuvo allí en el monte cuando Jesús asumió una apariencia celestial en la que su rostro brilló como el sol y sus vestiduras se tornaron blancas y resplandecientes (Mt. 17:1-2; Mr. 9:2-3; Luc. 9:28-29). Estuvo allí cuando Jesús mostró el poder que tenía sobre la muerte llamando a Lázaro de la tumba (Juan 11:43-44). Fue uno de los primeros en llegar a la tumba vacía donde había estado el cuerpo del Señor Jesús y en ver al Señor resucitado (Juan 20:1-10; Luc. 24:34; 1 Cor. 15:5). No sólo estuvo presente cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés, sino que también predicó el evangelio de forma poderosa en aquel mismo día (Hch. 2:14-39).

Pablo, por su parte, era un recién llegado al cristianismo. Se convirtió de una forma espectacular cuando el Señor resucitado le interceptó camino a Damasco (Hch. 9:1-9). Previo a esto había sido el perseguidor líder contra los cristianos.

Dadas sus respectivas circunstancias, Pedro gozaba de una preeminencia y dignidad que Pablo no tenía, pero eso no disuadió a Pablo de confrontarlo y reprenderlo públicamente en Antioquía.

¿Y qué si el grupo actual de cristianos hubiera sido el público testigo de esa confrontación? ¿Cuál hubiera sido el sentir prevaleciente? Algunos dirían que Pablo se equivocó, que no tenía ningún derecho para hacer eso, que estaba colocando la doctrina por encima de la unidad de la iglesia. Quizás alguno ofreciera la evaluación siguiente: ‘Lo mejor es que Pablo ocupe su lugar. No tiene ningún derecho para reprender a alguien de la estatura de Pedro’. Y posiblemente alguno añadiría: ‘Y Pedro es tan buena persona’.

La unidad, la dignidad, el ser una ‘buena’ persona —estas consideraciones y otras similares se han introducido dentro de la iglesia de hoy y se han sentado en la cabecera de la mesa mientras la doctrina es dejada fuera mendigando en las calles.

¿Por qué es éste el caso? La iglesia ha llegado a la melancólica conclusión de que la doctrina no es tan importante, que una persona puede creer lo que considere y que en última instancia no importa. Y además de eso, la doctrina es vista como divisiva, y los que la enfatizan son considerados como personas difíciles, estrechas de mente y contenciosas, que disfrutan de un buen pleito teológico.

Semejante miedo a la doctrina habría asombrado a Pablo, especialmente con respecto al punto doctrinal que estaba en juego en Antioquía. Lo que le puso en guardia y que le llevó a este conflicto con su apóstol amigo no se trataba de un punto insignificante y oscuro. Se trataba de la esencia misma del evangelio. ¿Cuán importante es la doctrina? Puede ser tan importante como lo siguiente: el destino eterno depende de un entendimiento correcto de la doctrina cristiana central de la salvación por medio de Cristo y únicamente por medio de Cristo.

La transigencia de Pedro
La situación en Antioquía fue la siguiente. Cuando Pedro llegó por primera vez allí, no tuvo ningún escrúpulo para sentarse a comer con cristianos gentiles y judíos. Los trató de la misma manera; lo cual no nos debe sorprender. El Señor le había enseñado a Pedro por medio de una visión que en el reino de Dios no hay ciudadanos de segunda categoría (Hch. 10:9-16).

Pero un día esa hermosa armonía de Antioquía fue quebrantada. Llegó un grupo de cristianos de Jerusalén. Aparentemente decían representar a Jacobo, el medio hermano de Jesús y el líder de la iglesia en Jerusalén (Gál. 2:12). Pablo afirma que ellos eran “de la circuncisión” (v. 12). En otras palabras, ese grupo estaba compuesto de judíos de Jerusalén que creían que la sola fe en Cristo no era base suficiente para la comunión entre judíos y gentiles.

Cuando este grupo llegó, Pedro cambió. Había estado comiendo con los cristianos gentiles, pero una vez más el antiguo némesis que le había llevado a negar a su Señor, el temor a los hombres, había sacado su fea cabeza.

Glyn Owen nos guía al corazón mismo de la acción de Pedro cuando dice: “Por supuesto, el cambio de postura en Pedro no significaba que había dejado de creer que un pecador arrepentido es salvo solamente por la fe que está depositada únicamente en Cristo. Pero sí significaba que ahora estaba actuando como siya no lo creyera. La idea central del pasaje es que había pasado a actuar de manera hipócrita: se comportó como sicreyera que un hombre circuncidado tenía algo en sí mismo que le daba ventaja; algo que un hombre incircunciso no tenía; actuó como sicreyera que los circuncidados formaban un grupo élite en la iglesia, mientras que los incircuncisos eran creyentes de segunda categoría con los cuales uno no podía tener comunión. Y al actuar como si creyera esas falsas ideas, las cuales empañaban tanto la gloria como la suficiencia del Señor Jesucristo, el gran apóstol Pedro, a pesar de la avanzada etapa de su vida y carrera, se comportó de tal manera que nublaba el evangelio” (las cursivas son suyas).

La corrección de Pablo
Esto era demasiado para Pablo. Vio el peligro inherente que había en la acción de Pedro. Tan pronto como Pedro se retiró de los cristianos gentiles, Bernabé, que había estado del lado de Pablo en cuanto a esto en el pasado (vv. 1, 9), siguió el ejemplo de Pedro y se apartó de los gentiles. Pablo podía ver la amenaza de una iglesia dividida que se avecinaba, una sección judía y otra gentil.

Pero fue su celo por el evangelio mismo lo que impulsó a Pablo a hacer algo. Pablo dice que Pedro y Bernabé no estaban ‘andando con rectitud en cuanto a la verdad del evangelio’ (v. 14). No estaban andando por el camino recto del evangelio, sino desviándose y apartándose de éste.

Algunos quisieran hacernos creer que el evangelio es algo ambiguo y nebuloso que no se puede definir con precisión, que para una persona puede significar una cosa y algo completamente diferente para otra. Pero Pablo jamás aceptaría tal cosa. El evangelio es un camino claramente definido, y es la responsabilidad de todo cristiano andar con rectitud por ese camino.

¿Qué es el evangelio? Pablo mismo nos ofrece una declaración maravillosamente concisa de éste con las palabras siguientes: ‘… el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús… para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley; puesto que por las obras de la ley nadie será justificado’ (Gál. 2:16).

John R. W. Stott afirma que el evangelio ‘son las buenas nuevas de que nosotros los pecadores, culpables y bajo el juicio de Dios, podemos ser perdonados y aceptados por su pura gracia, por su favor libre e inmerecido, sobre la base de la muerte de su Hijo, y no por ninguna obra o mérito nuestro’ (Only One Way: The Message of Galatians, p. 54).

Al apartarse de los cristianos gentiles, Pedro estaba básicamente negando la verdad del evangelio. Estaba imponiendo una condición sobre los cristianos gentiles para poder tener comunión con ellos; algo que Dios no había impuesto sobre ellos cuando los justificó.

La reacción de Pedro
A favor de Pedro tenemos el hecho de que aceptó la reprensión de Pablo y empezó a reflejar nuevamente la verdad del evangelio en su conducta. ¿Cómo sabemos que esto fue así? Poco después de haber sido reprendido por Pablo, Pedro se levantó ante el concilio de Jerusalén y habló las siguientes palabras: ‘Hermanos, vosotros sabéis que en los primeros días Dios escogió de entre vosotros que por mi boca los gentiles oyeran la palabra del evangelio y creyeran. Y Dios, que conoce el corazón, les dio testimonio dándoles el Espíritu Santo, así como también nos lo dio a nosotros; y ninguna distinción hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios poniendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Creemos más bien que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, de la misma manera que ellos también lo son’ (Hechos 15:7-11).

Pedro, que había sido confrontado públicamente por Pablo por comprometer la verdad del evangelio, se identificó públicamente a favor de esa verdad en el concilio. Más adelante el mismo Pablo habló de Pedro como ‘nuestro amado hermano’ (2 Pedro 3:15). Es obvio que Pedro aceptó la reprensión sin menospreciar a aquel que la administró.

Una pregunta
Me parece prácticamente imposible leer el relato de la confrontación que Pablo tuvo con Pedro sin hacer la pregunta: ‘¿Y qué si Pablo estuviera vivo hoy?’ Es una pregunta penetrante. ¿Qué diría Pablo si se pudiera sentar en nuestras iglesias? ¿Qué diría si se codeara con nosotros durante un tiempo? ¿Se sentiría complacido por encontrarnos apegados a la pureza del evangelio? ¿O vería necesario confrontarnos abiertamente como lo hizo con Pedro en Antioquía?

A muchos de nosotros esas preguntas pueden parecer ridículas. La mayoría de los evangélicos sienten que sus casas evangélicas están en orden. Si hay un área en la que creemos estar en terreno sólido, es en cuanto al asunto de la fidelidad al evangelio. ¿Es posible que no estemos tan sólidos como pensamos?

Las tentaciones a comprometer el evangelio son numerosas y sutiles. Transigimos con el evangelio cuando sucumbimos al espíritu pluralista de nuestro mundo y hacemos que el evangelio deje de ser el único camino y pase a ser uno entre muchos.

La salvación por ser personas ‘buenas’ es un punto de vista aceptado ampliamente en nuestro mundo. En otras palabras, las personas buenas van automáticamente al cielo. La salvación por medio de la muerte también es otro punto de vista aceptado ampliamente; significa que todo lo que uno tiene que hacer para ir al cielo es morir. Cuando en alguna medida los evangélicos han sido influenciados por estos puntos de vista, o han sido adormecidos hasta el punto de consentir a ellos, han puesto en riesgo el evangelio.

Algunas veces la transigencia viene, no por abrazar estos puntos de vista erróneos, sino por permitirnos ser tan intimidados por ellos que callamos algunas de las doctrinas esenciales del evangelio. Si le restamos importancia a la pecaminosidad radical del hombre, a la santidad inquebrantable de Dios y a la certeza del juicio venidero, entonces estamos comprometiendo el evangelio.

Si debilitamos o suavizamos las demandas del evangelio, también somos culpables de transigencia. Cuán fácil nos es convertir la demanda que hace el evangelio por un arrepentimiento sincero y profundo del pecado y una sumisión consciente a la autoridad de Cristo en un simple ‘aceptar’ a Cristo o ’invitarle’ a nuestras vidas pasando al frente rápida y sonrientemente en una iglesia y diciendo una oración. No debería sorprendernos el que muchos de nuestros ‘convertidos’ no tengan ningún interés en vivir según los mandamientos de uno ante quien ellos nunca se han sometido de corazón como su Señor soberano. No deberíamos esperar que estén dispuestos a hacer en su andar ‘cristiano’ lo que no estuvieron dispuestos a hacer cuando hicieron profesión de fe.

Vivimos en días de charlatanería evangélica en los que los pastores y las iglesias ven el evangelio como su ‘producto’, el cual se sienten libres de ajustar y masajear para satisfacer los antojos cambiantes y la percepción de necesidad de los oyentes. Pero el evangelio no es, ni nunca ha sido, el producto del hombre. Es una revelación de Dios. Su llamado a la iglesia hoy es a que se refrene de manipularlo y alterarlo, y a que lo proclame y lo viva con fidelidad. Sólo haciendo así evitaremos el peligro de la transigencia.

* Traducido al español por Salvador Gómez Dickson y publicado en EL SONIDO DE LA VERDAD con el permiso del autor. El contenido es un capítulo de su libro “How to Live in a Dangerous World.”

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