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jueves, 28 de mayo de 2015
viernes, 8 de mayo de 2015
miércoles, 6 de mayo de 2015
¿Más sabios que Dios? – Un atentado contra la paternidad
Ahora están proponiendo la prohibición de las pelas o disciplina corporal a los hijos. ¿A dónde se habrá ido el discernimiento? ¿No se dan cuenta que no se puede meter todo en un mismo macuto? La violencia siempre es condenable. Pero, ¿quién ha dicho que la violencia y una disciplina corporal ejercida en el marco del dominio propio sean lo mismo? ¿Ahora pretenden ser más sabios que Dios?
Si como están las cosas los hijos están creciendo acostumbrados a la anarquía y al irrespeto, ahora es que la sociedad se irá por un derrotero irreversible. Lo que sucede es que ya nadie se quiere tomar la molestia de instruir y corregir como realmente se necesita, pues implica dejar nuestra comodidad y sacar el tiempo para enseñar, estimular, conversar y, sí, corregir a los muchachos.
Una prohibición como ésta lo único que logrará será quitar a los padres una de las herramientas principales que poseen para gobernar bien a sus hijos (1 Timoteo 3:4-5). Ahora queremos imitar todo lo incoherente e inmoral de las naciones desarrolladas. ¿No es obvia la degeneración moral en la que se encuentran esas naciones? Con razón dijo el Duque de Windsor: “Lo que más me impresiona de América es la manera en que los padres obedecen a sus hijos”.
La visión de Dios es muy diferente: “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor” (Colosenses 3:20). Es evidente que en su orgullo y soberbia, los hombres están confiando más en el juicio de sus semejantes que en el juicio de Dios. Cuando eso ocurre, nuestra única esperanza es si decidimos de corazón volvernos a Dios. La autodestrucción de muchas naciones “avanzadas” ya comenzó hace mucho. Nosotros todavía estamos a tiempo para mantener las normas más elementales para la subsistencia de nuestra sociedad.
¡Abajo la violencia y el abuso! ¡Arriba la autoridad paternal y el amor que se manifiesta en la corrección de los hijos! “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13:24). “La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su madre” (Proverbios 29:15).
Si como están las cosas los hijos están creciendo acostumbrados a la anarquía y al irrespeto, ahora es que la sociedad se irá por un derrotero irreversible. Lo que sucede es que ya nadie se quiere tomar la molestia de instruir y corregir como realmente se necesita, pues implica dejar nuestra comodidad y sacar el tiempo para enseñar, estimular, conversar y, sí, corregir a los muchachos.
Una prohibición como ésta lo único que logrará será quitar a los padres una de las herramientas principales que poseen para gobernar bien a sus hijos (1 Timoteo 3:4-5). Ahora queremos imitar todo lo incoherente e inmoral de las naciones desarrolladas. ¿No es obvia la degeneración moral en la que se encuentran esas naciones? Con razón dijo el Duque de Windsor: “Lo que más me impresiona de América es la manera en que los padres obedecen a sus hijos”.
La visión de Dios es muy diferente: “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor” (Colosenses 3:20). Es evidente que en su orgullo y soberbia, los hombres están confiando más en el juicio de sus semejantes que en el juicio de Dios. Cuando eso ocurre, nuestra única esperanza es si decidimos de corazón volvernos a Dios. La autodestrucción de muchas naciones “avanzadas” ya comenzó hace mucho. Nosotros todavía estamos a tiempo para mantener las normas más elementales para la subsistencia de nuestra sociedad.
¡Abajo la violencia y el abuso! ¡Arriba la autoridad paternal y el amor que se manifiesta en la corrección de los hijos! “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13:24). “La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su madre” (Proverbios 29:15).
martes, 5 de mayo de 2015
La herejía de la indiferencia
por Burk Parsons*
La doctrina importa —importa en la vida y en la muerte. Nuestra doctrina determina nuestro destino. No sólo afecta a nuestra visión acerca de Dios, sino también nuestro punto de vista acerca de todo. Somos seres doctrinales por naturaleza. Todo el mundo tiene algún tipo de doctrina; la pregunta es si nuestra doctrina es bíblica. Por esta causa, no nos atrevemos a ser indiferentes acerca de la doctrina. De hecho, hay una razón por la cual nunca hemos oído hablar de un mártir cristiano que era indiferente a la doctrina. La indiferencia con respecto a la doctrina es la madre de todas las herejías de la historia, y en nuestros días la indiferencia doctrinal se está extendiendo como un reguero de pólvora en los púlpitos y bancos de nuestras iglesias. Irónicamente, la afirmación de que la doctrina no importa en realidad es una doctrina en sí misma.
Cuando la gente me dice que están interesados en Cristo Jesús, pero no en la doctrina, les digo que si no están interesados en la doctrina, tampoco están interesados en Jesús. No podemos conocer a Jesús sin conocer la doctrina, y no podemos amar a Dios sin conocer a Dios, y la forma en que conocemos a Dios es mediante el estudio de su Palabra. La doctrina viene de Dios, nos enseña acerca de Dios, y por la fe que nos lleva de regreso a Dios en la adoración, el servicio y el amor. La indiferencia a la doctrina es indiferencia hacia Dios, y la indiferencia hacia Dios es indiferencia hacia nuestra propia eternidad. Los pastores que piensan que es relevante y genial ser indiferentes a la doctrina —que minimizan la necesidad y la importancia de la doctrina y que dejan de predicar y explicar la doctrina en sus sermones— lo que están dejando de dar a su gente es aquello que puede salvar sus almas. Si restamos importancia a la doctrina o si somos intencionalmente vagos en la predicación de la doctrina, no estamos siendo geniales, ni humildes, ni relevantes, sino francamente arrogantes. No hay nada más relevante que la doctrina, no hay nada que nos humille más que la doctrina, y no hay nada que nos haga quitar nuestros ojos más rápidamente de nosotros mismos y los fije en nuestro amoroso y misericordioso Dios que la doctrina que procede de Dios.
Sin embargo, la doctrina no es un fin en sí mismo. La doctrina existe para ayudarnos a conocer, amar, adorar y glorificar al Dios que es. Hay pocas cosas que el diablo quiera más que tener iglesias llenas de personas que piensan que son tan rectas como el cañón de un rifle en cuanto a su doctrina —pero igual de vacíos como uno de esos cañores— en su aplicación de esa doctrina. La doctrina que se entiende bien, es doctrina que se aplica bien. Si separamos nuestra doctrina de nuestra vida, nuestra doctrina nos conducirá a la muerte. La doctrina es un don de Dios que fluye de las páginas inspiradas de la Palabra de Dios para que podamos amar a Dios con todo nuestro ser y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es por ello que debemos ser dogmáticos en nuestra doctrina, no dogmáticamente duros, sino dogmáticamente humildes mientras procuramos conocer, proclamar y defender la doctrina que nos enseña acerca de nuestro Señor amoroso y santo que se entregó por nosotros. Debemos ser dogmáticos en nuestra doctrina y dogmáticos en practicarla para la gloria de Dios. Tal como escribió Matthew Henry: “Los que enseñan con su doctrina deben enseñar con su vida, o de lo contrario echarán abajo con una mano lo que edifican con la otra.”
* Tomado y traducido de la revista TABLETALK de los Ministerios Ligonier. Para acceso directo puede visitar www.ligonier.org/tabletalk. Burk Parsons es el editor de la revista.
lunes, 27 de abril de 2015
Falta de indignación
Salmo 38:1–4 (RVR60) — 1 Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira. 2 Porque tus saetas cayeron sobre mí, y sobre mí ha descendido tu mano. 3 Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira; ni hay paz en mis huesos, a causa de mi pecado. 4 Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; como carga pesada se han agravado sobre mí.
David entiende muy bien que la causa detrás de su aflicción es sólo suya —su pecado. Sus iniquidades han levantado la indignación y la ira del Señor. Un Dios tres veces santo no puede ser indiferente a nuestras corrupciones y desvaríos. La razón por la que nos defendemos tanto o manifestamos conmiseración personal, es porque no nos consideramos tan malos.
No vemos las cosas cosas como Dios las ve. Por eso hay tan poca indignación ante el pecado del que somos testigos a nuestro alrededor. Toleramos lo intolerable. ¿Dónde está el celo del Señor? A veces actuamos como si estuviéramos más de acuerdo con las posturas de la sociedad que con las declaraciones que Dios ha hecho en su Palabra.
Pero no sólo somos indiferentes a muchos pecados ajenos. Estamos especialmente prejuiciados cuando se trata de nuestras propias faltas. De ahí que haya tan poca confesión como la que aquí hace David. No clamó inocencia ni acusó a Dios de habérsele ido la mano en su castigo. Sencillamente expresó que la culpa por la que no sentía paz era suya y de nadie más. Sea la indignación de Dios nuestra propia indignación.
domingo, 12 de abril de 2015
martes, 7 de abril de 2015
Tres hombres: tres impedimentos para seguir a Cristo
por Roger Ellsworth*
La parte central del Evangelio de Lucas (9:51-19:44) nos relata el viaje más fascinante de toda la historia humana. Nos habla del último viaje de nuestro Señor a Jerusalén donde iba a dar su vida para comprar la salvación eterna de todos los que creen en él.
La mayor parte de esta larga sección se trata de palabras que Jesús dijo. Pero el registro de su enseñanza se entremezcla con una rociada de relatos de sus encuentros con varios individuos. El joven rico, Bartimeo y Zaqueo están todos aquí (18:18-19:10) entre otros más.
Los versículos que constituyen el tema de este capítulo nos hablan de tres hombres con quienes Jesús se encontró uno tras otro. La palabra clave en estos encuentros es ‘seguir’. Dos de estos hombres profesaron su deseo de seguir a Cristo (Lucas 9: 57,61), mientras que el mismo Jesús emitió este mandato al tercero: "Sígueme" (v 59).
¿Qué significa seguir a Cristo? Significa convertirse en su discípulo, o, para decirlo de otra manera, convertirse en cristiano. El cristiano es alguien que sigue a Cristo. Ha dejado de seguir su propio camino y ahora sigue el camino de Cristo. Se ha vuelto de sus pecados a Cristo, le ha recibido como Señor y Salvador y ahora busca vivir según sus mandamientos. Cristo está liderando el camino y el cristiano anda detrás.
Ningún cristiano es un seguidor perfecto de Cristo, pero, no nos confundamos al respecto, cada cristiano es un seguidor. La Biblia no sabe nada de un seguidor que no sigue. Es lo mismo que hablar de un círculo cuadrado. El cristiano puede desviarse del camino que conduce tras Cristo. En ocasiones se puede quedar muy atrás. Puede incluso correr delante de su Señor de vez en cuando, pero, independiente de cuán imperfectamente lo hace, es un seguidor de Cristo.
El tema que nos ocupa en este pasaje, entonces, es el de venir a ser un hijo de Dios y, trágicamente, todos estos hombres se quedaron cortos. Estuvieron al borde mismo del discipulado genuino, pero no alcanzaron finalmente a abrazar a Cristo. Dejaron de hacerlo porque cada uno estaba en las garras de una actitud peligrosa que hizo la guerra al verdadero discipulado.
No ha cambiado mucho desde aquel día día de antaño que se describe en estos versículos. Sí, hace mucho tiempo que estos hombres dejaron el escenario de la historia humana, y el mismo Señor Jesucristo ya no está ministrando en la carne como en aquel entonces. Sí, tenemos nuestras computadoras, nuestros teléfonos celulares, y podemos caminar en la luna. Pero el mayor problema que aqueja a todos y cada uno de nosotros es exactamente el mismo hoy como lo era entonces: ¿qué vamos a hacer con el Señor Jesucristo, el Dios-hombre? ¿Vamos a abrazarlo como Salvador, seguirlo y recibir la vida eterna que ofrece? ¿O tal como hicieron estos hombres, nos apartaremos de él?
Las mismas actitudes peligrosas que afectaron el seguimiento de estos hombres están a punto de afectar sensiblemente a los potenciales seguidores de Cristo de hoy. La esperanza que abrigo al presentar a estos hombres y los obstáculos que les impidieron seguir a Cristo es convencer a mis lectores no salvos de no permitir que estas actitudes perniciosas hagan el mismo trabajo infernal que hicieron en la vida de estos hombres.
Los peligros de la comodidad y el confort personal
El primer hombre nos presenta el peligro de buscar el confort y la comodidad personal.
Fue durante uno de los viajes de Jesús que este hombre vino a su lado y le dijo: ‘Señor, te seguiré adondequiera que vayas’ (Lucas 9:57).
No había nada en las palabras del hombre que nos indicaran un problema. Su profesión de fe nos parece sincera, de modo que hubiéramos esperado que Jesús le hubiera extendido la bienvenida a bordo. Pero Jesús no lo hizo. Los relatos de los Evangelios con frecuencia nos recuerdan que Jesús podía leer los pensamientos más íntimos de los hombres con la misma facilidad con que nosotros leemos las palabras en un papel (Juan 2:23-25; 4:16-19).
Al mismo tiempo que este hombre estaba expresando su disposición a seguirle, Jesús estaba leyendo sus pensamientos y motivaciones, y lo que leyó indicaba que las palabras de este hombre eran sólo palabras.
Jesús sabía que este hombre no había calculado el costo del discipulado, que lo seguiría siempre que fuera práctico y cómodo, pero a la primera señal de problemas y dificultades abandonaría el barco. Así que Jesús respondió: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lucas 9:58).
No volvemos a leer más acerca de este hombre. Ni siquiera llegó a seguirle el tiempo suficiente como para encontrar dificultades. Las palabras de Jesús acerca de esas dificultades fueron suficientes para hacerle desaparecer tan rápido como apareció.
El peligro de la dilación
El segundo hombre nos presenta el peligro de la dilación (Lucas 9:59-60).
Es posible que fuera mientras el primer hombre estaba haciendo su rápida retirada que Jesús se dirigió a este hombre y le dijo: ‘Sígueme’. En otras palabras, puede ser que Jesús utilizara el fracaso del primer hombre para desafiar a éste, y lo que en realidad le está diciendo es: ‘¿Y tú? ¿Estás dispuesto a seguirme?’
El hombre puede haber sido grandemente sorprendido por esta orden directa de Jesús. Puede incluso que haya tartamudeado y balbuceado antes de recuperar la compostura. No quería seguir a Jesús, pero sabía que debía tener una excusa aparentemente irrefutable. ¡Por fin la tenía! ‘Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre’ (v. 59).
A primera vista, parece haber sido una excusa perfectamente legítima. Aquí estaba un hombre que verdaderamente quería seguir al Señor, pero que tenía un conflicto ineludible con el deber. Los judíos consideraban el entierro digno como el más importante de todos los derechos. Era algo que superaba en importancia al estudio de la ley, a la realización de servicios en el templo, al sacrificio del cordero pascual y al cumplimiento del rito de la circuncisión.
¡Pero espera! Algo no está bien aquí. Si este hombre tenía que enterrar a su padre, ¿por qué no lo había hecho? ¿Por qué estaba aquí junto al camino para echar un vistazo a Jesús al pasar? En aquellos días los entierros tenían que ser atendidos sin demora.
La respuesta es que el padre del hombre todavía no había muerto. Lo que el hombre estaba realmente pidiendo a Jesús era que postergara su demanda de discipulado hasta que su padre muriera y fuese sepultado. Era un alegato a favor de un retraso indefinido. Era obvio que este hombre nunca había visto cuán vitalmente urgentes e incomparablemente importantes son las demandas de Cristo.
Jesús pudo ver a través de este hombre tan fácilmente como lo había hecho con el primero. Sus palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos ...” le hacían un llamado a reconsiderar sus prioridades y a actuar con decisión y rapidez. No había ante él un asunto más urgente y vital — es decir, su propia vida espiritual. Los que están espiritualmente muertos pueden entregarse a atender los asuntos de esta vida. Pero aquellos que tienen vida espiritual dan evidencia de ello poniendo a Cristo por encima de todo lo demás.
Después de que Jesús pronunció estas palabras, ya no leemos más acerca de este hombre. Evidentemente desapareció tan rápido como el primero. Pero su error no ha desaparecido. Al ser confrontados con el mensaje de la salvación, muchos hacen suyas las palabras de este hombre necio: ‘Señor, déjame primero ... ’
Hay muchos asesinos de almas. La duda sobre la verdad ha matado sus miles. El amor a la comodidad y el confort han hecho lo mismo. Pero me pregunto si este asunto de simplemente postergar las cosas, no resultará ser en última instancia, el más prolífico de todos estos asesinos.
El peligro de un corazón dividido
El tercer hombre nos presenta el peligro de un corazón dividido (vv. 61-62).
Al igual que el primero, este hombre profesó su disposición a seguir a Jesús, pero se apresuró a añadir una condición. Primero debía ir a despedirse de su familia.
Esta también parece haber sido una petición perfectamente legítima. Jesús tenía un precedente bíblico para concederla. Elías había permitido que Eliseo se despidiera de su familia antes de asumir el trabajo al que había sido llamado (1 Reyes 19:19-21).
Pero Jesús, el gran lector de los corazones de los hombres, sabía que los dos casos no eran iguales. La petición de Eliseo vino de un corazón que estaba ansioso por seguir, mientras que la de este hombre vino de uno que estaba reacio a seguir. Ir a su casa y decir adiós era una manera de Eliseo mostrar que estaba haciendo una ruptura radical con su antigua vida y entregándose a su nueva tarea. Pero el hombre con el que Jesús estaba tratando hizo su solicitud por un deseo de volver a casa para discutir y deliberar con su familia si él estaba haciendo lo correcto. Era obvio que todavía no había sido atrapado por el mismo espíritu que se apoderó de Eliseo, el espíritu que de buena gana y disposición respondió al llamado de Dios.
Era un hombre que albergaba un corazón dividido. Una parte de él quería seguir al Señor, mientras que otra parte quería quedarse en casa. Muchos sufren de ese mismo corazón dividido. Quieren que sus pecados sean perdonados y seguir a Cristo, pero también quieren seguir aferrados a la vida de pecado.
A todos ellos, Jesús ofrece la misma palabra que dio a este hombre. El reino de Dios requiere de todo el corazón. Existe la misma posibilidad de que una persona salva se aferre a su antigua vida de pecado y a su amor por el mundo, a que un agricultor pueda arar un surco recto mirando en la dirección opuesta.
¿Cómo te encuentran hoy a ti los relatos de estos tres hombres? ¿Has abrazado a Cristo como tu Salvador? ¿Lo estás siguiendo? ¿O estás repitiendo los errores de uno o más de estos hombres?
Por favor, no malinterpretes el mensaje de estos versículos. El Señor Jesús no está diciendo a sus seguidores que no pueden tener posesiones o lazos familiares. Otras enseñanzas de las Escrituras dejan claro que esto no es lo que Jesús quiso decir en lo absoluto. Lo que él está enseñando es esto: la salvación de nuestras almas es de una importancia tan vital y tan grande que nada, sí, nada, se debe poner por delante de la misma. El confort personal y la comodidad deben ser puestas a un lado. La tendencia a posponer las cosas por falta de resolución debe ser abandonada. El amor a nuestra antigua vida tiene que quedarse atrás. El Señor Jesús debe ser confiado y seguido. Nada es más importante.
* Traducido al español y publicado en EL SONIDO DE LA VERDAD con el permiso del autor. El contenido es un capítulo de su libro “How to Live in a Dangerous World.”
Lucas 9:57-62
La parte central del Evangelio de Lucas (9:51-19:44) nos relata el viaje más fascinante de toda la historia humana. Nos habla del último viaje de nuestro Señor a Jerusalén donde iba a dar su vida para comprar la salvación eterna de todos los que creen en él.
La mayor parte de esta larga sección se trata de palabras que Jesús dijo. Pero el registro de su enseñanza se entremezcla con una rociada de relatos de sus encuentros con varios individuos. El joven rico, Bartimeo y Zaqueo están todos aquí (18:18-19:10) entre otros más.
Los versículos que constituyen el tema de este capítulo nos hablan de tres hombres con quienes Jesús se encontró uno tras otro. La palabra clave en estos encuentros es ‘seguir’. Dos de estos hombres profesaron su deseo de seguir a Cristo (Lucas 9: 57,61), mientras que el mismo Jesús emitió este mandato al tercero: "Sígueme" (v 59).
¿Qué significa seguir a Cristo? Significa convertirse en su discípulo, o, para decirlo de otra manera, convertirse en cristiano. El cristiano es alguien que sigue a Cristo. Ha dejado de seguir su propio camino y ahora sigue el camino de Cristo. Se ha vuelto de sus pecados a Cristo, le ha recibido como Señor y Salvador y ahora busca vivir según sus mandamientos. Cristo está liderando el camino y el cristiano anda detrás.
Ningún cristiano es un seguidor perfecto de Cristo, pero, no nos confundamos al respecto, cada cristiano es un seguidor. La Biblia no sabe nada de un seguidor que no sigue. Es lo mismo que hablar de un círculo cuadrado. El cristiano puede desviarse del camino que conduce tras Cristo. En ocasiones se puede quedar muy atrás. Puede incluso correr delante de su Señor de vez en cuando, pero, independiente de cuán imperfectamente lo hace, es un seguidor de Cristo.
El tema que nos ocupa en este pasaje, entonces, es el de venir a ser un hijo de Dios y, trágicamente, todos estos hombres se quedaron cortos. Estuvieron al borde mismo del discipulado genuino, pero no alcanzaron finalmente a abrazar a Cristo. Dejaron de hacerlo porque cada uno estaba en las garras de una actitud peligrosa que hizo la guerra al verdadero discipulado.
No ha cambiado mucho desde aquel día día de antaño que se describe en estos versículos. Sí, hace mucho tiempo que estos hombres dejaron el escenario de la historia humana, y el mismo Señor Jesucristo ya no está ministrando en la carne como en aquel entonces. Sí, tenemos nuestras computadoras, nuestros teléfonos celulares, y podemos caminar en la luna. Pero el mayor problema que aqueja a todos y cada uno de nosotros es exactamente el mismo hoy como lo era entonces: ¿qué vamos a hacer con el Señor Jesucristo, el Dios-hombre? ¿Vamos a abrazarlo como Salvador, seguirlo y recibir la vida eterna que ofrece? ¿O tal como hicieron estos hombres, nos apartaremos de él?
Las mismas actitudes peligrosas que afectaron el seguimiento de estos hombres están a punto de afectar sensiblemente a los potenciales seguidores de Cristo de hoy. La esperanza que abrigo al presentar a estos hombres y los obstáculos que les impidieron seguir a Cristo es convencer a mis lectores no salvos de no permitir que estas actitudes perniciosas hagan el mismo trabajo infernal que hicieron en la vida de estos hombres.
Los peligros de la comodidad y el confort personal
El primer hombre nos presenta el peligro de buscar el confort y la comodidad personal.
Fue durante uno de los viajes de Jesús que este hombre vino a su lado y le dijo: ‘Señor, te seguiré adondequiera que vayas’ (Lucas 9:57).
No había nada en las palabras del hombre que nos indicaran un problema. Su profesión de fe nos parece sincera, de modo que hubiéramos esperado que Jesús le hubiera extendido la bienvenida a bordo. Pero Jesús no lo hizo. Los relatos de los Evangelios con frecuencia nos recuerdan que Jesús podía leer los pensamientos más íntimos de los hombres con la misma facilidad con que nosotros leemos las palabras en un papel (Juan 2:23-25; 4:16-19).
Al mismo tiempo que este hombre estaba expresando su disposición a seguirle, Jesús estaba leyendo sus pensamientos y motivaciones, y lo que leyó indicaba que las palabras de este hombre eran sólo palabras.
Jesús sabía que este hombre no había calculado el costo del discipulado, que lo seguiría siempre que fuera práctico y cómodo, pero a la primera señal de problemas y dificultades abandonaría el barco. Así que Jesús respondió: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lucas 9:58).
No volvemos a leer más acerca de este hombre. Ni siquiera llegó a seguirle el tiempo suficiente como para encontrar dificultades. Las palabras de Jesús acerca de esas dificultades fueron suficientes para hacerle desaparecer tan rápido como apareció.
El peligro de la dilación
El segundo hombre nos presenta el peligro de la dilación (Lucas 9:59-60).
Es posible que fuera mientras el primer hombre estaba haciendo su rápida retirada que Jesús se dirigió a este hombre y le dijo: ‘Sígueme’. En otras palabras, puede ser que Jesús utilizara el fracaso del primer hombre para desafiar a éste, y lo que en realidad le está diciendo es: ‘¿Y tú? ¿Estás dispuesto a seguirme?’
El hombre puede haber sido grandemente sorprendido por esta orden directa de Jesús. Puede incluso que haya tartamudeado y balbuceado antes de recuperar la compostura. No quería seguir a Jesús, pero sabía que debía tener una excusa aparentemente irrefutable. ¡Por fin la tenía! ‘Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre’ (v. 59).
A primera vista, parece haber sido una excusa perfectamente legítima. Aquí estaba un hombre que verdaderamente quería seguir al Señor, pero que tenía un conflicto ineludible con el deber. Los judíos consideraban el entierro digno como el más importante de todos los derechos. Era algo que superaba en importancia al estudio de la ley, a la realización de servicios en el templo, al sacrificio del cordero pascual y al cumplimiento del rito de la circuncisión.
¡Pero espera! Algo no está bien aquí. Si este hombre tenía que enterrar a su padre, ¿por qué no lo había hecho? ¿Por qué estaba aquí junto al camino para echar un vistazo a Jesús al pasar? En aquellos días los entierros tenían que ser atendidos sin demora.
La respuesta es que el padre del hombre todavía no había muerto. Lo que el hombre estaba realmente pidiendo a Jesús era que postergara su demanda de discipulado hasta que su padre muriera y fuese sepultado. Era un alegato a favor de un retraso indefinido. Era obvio que este hombre nunca había visto cuán vitalmente urgentes e incomparablemente importantes son las demandas de Cristo.
Jesús pudo ver a través de este hombre tan fácilmente como lo había hecho con el primero. Sus palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos ...” le hacían un llamado a reconsiderar sus prioridades y a actuar con decisión y rapidez. No había ante él un asunto más urgente y vital — es decir, su propia vida espiritual. Los que están espiritualmente muertos pueden entregarse a atender los asuntos de esta vida. Pero aquellos que tienen vida espiritual dan evidencia de ello poniendo a Cristo por encima de todo lo demás.
Después de que Jesús pronunció estas palabras, ya no leemos más acerca de este hombre. Evidentemente desapareció tan rápido como el primero. Pero su error no ha desaparecido. Al ser confrontados con el mensaje de la salvación, muchos hacen suyas las palabras de este hombre necio: ‘Señor, déjame primero ... ’
Hay muchos asesinos de almas. La duda sobre la verdad ha matado sus miles. El amor a la comodidad y el confort han hecho lo mismo. Pero me pregunto si este asunto de simplemente postergar las cosas, no resultará ser en última instancia, el más prolífico de todos estos asesinos.
El peligro de un corazón dividido
El tercer hombre nos presenta el peligro de un corazón dividido (vv. 61-62).
Al igual que el primero, este hombre profesó su disposición a seguir a Jesús, pero se apresuró a añadir una condición. Primero debía ir a despedirse de su familia.
Esta también parece haber sido una petición perfectamente legítima. Jesús tenía un precedente bíblico para concederla. Elías había permitido que Eliseo se despidiera de su familia antes de asumir el trabajo al que había sido llamado (1 Reyes 19:19-21).
Pero Jesús, el gran lector de los corazones de los hombres, sabía que los dos casos no eran iguales. La petición de Eliseo vino de un corazón que estaba ansioso por seguir, mientras que la de este hombre vino de uno que estaba reacio a seguir. Ir a su casa y decir adiós era una manera de Eliseo mostrar que estaba haciendo una ruptura radical con su antigua vida y entregándose a su nueva tarea. Pero el hombre con el que Jesús estaba tratando hizo su solicitud por un deseo de volver a casa para discutir y deliberar con su familia si él estaba haciendo lo correcto. Era obvio que todavía no había sido atrapado por el mismo espíritu que se apoderó de Eliseo, el espíritu que de buena gana y disposición respondió al llamado de Dios.
Era un hombre que albergaba un corazón dividido. Una parte de él quería seguir al Señor, mientras que otra parte quería quedarse en casa. Muchos sufren de ese mismo corazón dividido. Quieren que sus pecados sean perdonados y seguir a Cristo, pero también quieren seguir aferrados a la vida de pecado.
A todos ellos, Jesús ofrece la misma palabra que dio a este hombre. El reino de Dios requiere de todo el corazón. Existe la misma posibilidad de que una persona salva se aferre a su antigua vida de pecado y a su amor por el mundo, a que un agricultor pueda arar un surco recto mirando en la dirección opuesta.
¿Cómo te encuentran hoy a ti los relatos de estos tres hombres? ¿Has abrazado a Cristo como tu Salvador? ¿Lo estás siguiendo? ¿O estás repitiendo los errores de uno o más de estos hombres?
Por favor, no malinterpretes el mensaje de estos versículos. El Señor Jesús no está diciendo a sus seguidores que no pueden tener posesiones o lazos familiares. Otras enseñanzas de las Escrituras dejan claro que esto no es lo que Jesús quiso decir en lo absoluto. Lo que él está enseñando es esto: la salvación de nuestras almas es de una importancia tan vital y tan grande que nada, sí, nada, se debe poner por delante de la misma. El confort personal y la comodidad deben ser puestas a un lado. La tendencia a posponer las cosas por falta de resolución debe ser abandonada. El amor a nuestra antigua vida tiene que quedarse atrás. El Señor Jesús debe ser confiado y seguido. Nada es más importante.
* Traducido al español y publicado en EL SONIDO DE LA VERDAD con el permiso del autor. El contenido es un capítulo de su libro “How to Live in a Dangerous World.”
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